sábado, 19 de julio de 2014

De Peleș a Bran: los más famosos castillos rumanos

Palacio de Peles, la joya de la realeza rumana
Como ya dije en el artículo anterior dedicado a Brasov, algunos de los castillos más famosos de Rumanía son fácilmente accesibles, incluso en transporte público, desde esta ciudad transilvana. Si tuviéramos que citar los "castillos" más populares del país, junto al incomensurable castillo de Hunyad, en Hunedoara, al suroeste de Rumanía y ya más alejado de Brasov, el trío de ases lo completarían el "castillo" de Peleș (luego explicaré las comillas) y el castillo de Bran, situado el primero a unos 45 kms. de Brasov, y el segundo a unos 30.

EL FALSO CASTILLO DE DRÁCULA: BRAN


No gano nada engañándoos así que lo dejaré claro desde el principio. Bran no es el castillo de Drácula. Ni entendiendo como Drácula al personaje de ficción que ha protagonizado tantos libros y películas, ni si nos referimos al personaje historico, Vlad Tepes, un príncipe valaco que se ha convertido en leyenda por extender el uso del empalamiento, como herramienta de tortura y muerte, de sus enemigos turcos o incluso de sus propios vasallos.

El castillo de Bran, en esta vista, con un cierto aire siniestro en un día de lluvia :)
Adam Stoker, creador de Drácula, nunca estuvo en Rumanía, y su libro ubicó el castillo de Drácula en otro lugar transilvano, el puerto de Tihuta, ubicado al norte de la región, es decir, a la otra punta de Transilvania.
Y Vlad Tepes fue un príncipe valaco. Nació en Transilvania, concretamente en la ciudad de Sighisoara, pero vivió en Valaquia la mayor parte de su vida, una región ubicada en el sur de la actual Rumanía, (además de pasar su adolescencia cautivo por los otomanos). Su castillo real fue la ciudadela de Poienari; quizá el hecho de que de ese castillo no queden poco más que ruinas ha motivado la labor de marketing para orientar su leyenda a Bran, pero se cree que si Vlad Dracul pisó por Bran, fue de forma testimonial, esto es, cuestión de días.

Dicho esto... ¿qué más da? El castillo de Bran, ubicado en una colina junto a un estrecho paso de un río, en un lugar estratégico cercano a la frontera de los principados de Transilvania y Valaquia, puede resultar tan terrorífico como si fuera de Drácula, más aún si lo pilláis en un día gris de lluvia o incluso nieve como hice yo. Está construido sobre una piedra cuya fusión está tan lograda que no resulta evidente ver la separación entre obra humana y roca natural.


Patio interior del castillo de Bran
La fortaleza actual fue construida por un rey húngaro, en el s. XIV, cuando Transilvania estaba bajo su dominio, con el objetivo de tener a raya al principado de Valaquia.

Una vez dentro, el carácter fiero del castillo da paso a otra cosa... y es que este castillo perteneció a la familia real de los Habsburgo. Estos gobernantes lo reformaron a su estilo, equipando las salas con un mínimo de las comodidades y el lujo que gusta a la realeza, aunque con las dimensiones de una fortaleza medieval. Incautado por el gobierno comunista por la fuerza en 1948, se ha devuelto recientemente a sus legítimos herederos, que aunque lo pusieron a la venta, siguen siendo sus propietarios.
El patio interior del castillo, donde el entramado de madera de parte de las paredes convive con los pináculos cónicos y los muros de piedra gris, tampoco es tan fiero como cabría pensar, y resulta agradable por su forma irregular y por la decoración que tiene, al estar presidido por un pozo y (al menos cuando fui en verano de 2001) numerosas flores en época estival.


Algunos rincones del interior del castillo de Bran, como estas escaleras, sí pueden recordarnos las leyendas que giran en torno a él


CÓMO LLEGAR A BRAN


Para llegar a Bran hay que coger alguno de los numerosos buses que recorren ese valle. Basta con coger un bus desde la estación de Brasov 2 (a las afueras de la ciudad, nosotros tuvimos que ir en taxi) que tenga por estación final a Bran o a Moeiciu de Jos (el siguiente pueblo) por un módico precio (no llegaba a 2€). Hay un bus cada hora como mínimo.

Vista de Rasnov, con la iglesia principal de la población en primer término, y con la ciudadela detrás
Es muy recomendable, para completar una buena excursión de un día, parar en la ida o en la vuelta en Rasnov, otro pueblo que pilla de paso, con otro castillo que tiene otros alicientes. Aparte de las letras tipo Hollywood ya presentes en Brasov, estamos ante una ciudadela en una colina mucho más alta que la del castillo de Bran, reconstruida en parte eso sí, pero con unas vistas inconmensurables. Frente al a veces masificado Bran, en Rasnov se puede disfrutar de la ciudadela y de la naturaleza rumana casi en soledad. Para llegar al castillo hay que subir por un pequeño bosque que puebla la colina de la ciudadela, y se necesitan 20-30 minutos desde la parada de bus más cercana. En 2 horas se puede visitar el pueblo.


PALACIO DE PELES: EL LUJO DE LA EFÍMERA FAMILIA REAL RUMANA


El nacimiento de Rumanía como tal se considera que llegó en 1866, cuando se fusionaron en un solo país los antiguos reinos de Moldavia (noreste de la actual Rumanía) y Valaquia (sur, incluyendo la capital Bucarest), en un momento en el que la moda no era la unificación de territorios, sino la separación...

Otro de los edificios del complejo de Peles
La familia real de la época, con un pasado germánico, vio en el encantador pueblo de Sinaia, cerca del puerto que une Brasov con Bucarest y Ploiesti, un buen lugar para erigir un inmenso y moderno palacio real.

Una primera fase de las obras de este palacio neorrenacentista (que algunos llaman incorrectamente castillo, pero que no tiene atributos de fortaleza defensiva) tuvieron lugar de 1873 a 1883, cuando se inauguró, aunque Peles no se completó hasta 1914. El resultado es un pedacito de Alemania en plena Rumanía. La decoración con entramado de madera puede recordar al centro de numerosas poblaciones alemanas, y los lujosos materiales de su interior así como el entorno plenamente montañoso, puede recordar a algunos de los castillos famosos de Baviera. Algunos ven en él el encanto de una lujosa villa alpina. Unos pequeños jardines decoran su exterior más cercano, aunque el área está protagonizada por el bosque autóctono de los Cárpatos. Otros pequeños palacios complementan el área del palacio real, todos ellos protagonizados por la arquitectura de entramado de madera que no es en absoluto típica de Rumanía... lo cual aumenta aún más la sensación de que Sinaia es un pedacito germánico en el país de los Cárpatos.

Comedor en el lujoso palacio de Peles
Visitar por dentro Peles es entrar a uno de los últimos palacios reales construidos en Europa. El lujo abruma, y la modernidad se hace notar en un palacio que desde su nacimiento contó con "adelantos tecnológicos" tales como ascensor, electricidad o sistema central de calefacción (hablamos de 1883). La visita guiada, aunque algo cara (unos 12€) merece la pena ya que es un palacio en el que el interior es tan interesante como el exterior.

Sin salir del recinto, se puede visitar por dentro el palacio de Pelisor, el segundo edificio más grande del complejo (al menos a ojo), que es una versión algo más austera y pequeña de Peles, y que fue utilizado como vivienda del heredero al trono. Las entradas, algo más baratas, nos muestran a este "hermano pequeño" de Peles que nosotros visitamos casi en soledad.

Probablemente con el impulso que dio la llegada de la familia real, Sinaia se transformó siendo ahora una población próspera, incluso pija, en el conjunto de Rumanía. Cuenta con un casino, varios hoteles lujosos (alguno presume de tener aguas termales), aparte de un vistoso ayuntamiento. Las posibilidades del turismo de la nieve que ofrece en invierno (con un teleférico en el mismo pueblo para acceder a las pistas) son tan interesantes como las pistas senderistas practicables que la nieve deja en verano, cuando el calor es asfixiante en Bucarest.

Iglesia nueva del monasterio de Sinaia
A esto hay que unir el turismo cultural que da no solamente Peles, ya que mucho antes de la construcción de ese edificio, el monasterio de Sinaia, que da nombre a la población, colocó este pueblo en el mapa monumental rumano. Fundado en 1695, debe su nombre al monte bíblico de Sinaí (Egipto), es de estilo bizantino y el rito que sigue es el cristiano ortodoxo, como la mayor parte de la población rumana. Cuenta con una vieja iglesia, que data del origen del monasterio, y una mayor y más moderna, posterior. Hasta mediados del s.XIX, Sinaia era este monasterio y unas pocas viviendas a su alrededor.


CÓMO LLEGAR A SINAIA


Sinaia cuenta con un fácil acceso tanto por carretera como por tren. En ambos casos, está en la ruta que une Brasov, al norte, con Ploiesti y Bucarest, al sur.

Nosotros llegamos en tren, una opción fantástica ya que al menos cuando fuimos (semana santa de 2014) todos los trenes entre Brasov y Bucarest paraban allí. Esto significa que cada hora y media, como mínimo, tenemos un tren en cada sentido. Llegar a Bucarest desde Sinaia nos llevará poco más de hora y media, y a Brasov una hora más o menos.


Patio interior del palacio de Peles
Si se quiere visitar el complejo de Peles, el monasterio y en su conjunto el pueblo, Sinaia puede ser visitado como parada entre Bucarest y Brasov, y así lo hicimos nosotros. La estación de trenes proporciona, por una módica suma, la posibilidad de guardar nuestro equipaje.
Para explorar las posibilidades senderistas o de esquí de Sinaia se necesitará seguramente pernoctar. Las posibilidades son numerosas pero no las conocemos.

El viaje en tren es muy interesante, y a mediados de abril todavía había en 2014 bastante nieve en las montañas. Así que ponerse en el lado de la ventanilla, especialmente en la mitad del viaje más cercana a Brasov, es más que recomendable para tener unas bonitas vistas de este rincón de los Cárpatos.

viernes, 30 de mayo de 2014

Una de las capitales turísticas rumanas: BRASOV

DESTINO RUMANÍA


Rumanía es uno de los países europeos, por no decir el que más, que más mala fama arrastran, y a mi juicio, ésta es injustificada. El mero hecho de decir a tus conocidos que vas a pasar allí unos días de vacaciones puede suponer, todavía hoy, que te consideren un aventurero alternativo e incluso una persona poco consciente de los riesgos que corre en su viaje... y como este blog trata de destinos alternativos y poco conocidos que he visitado, no podía faltar el país de los Cárpatos.

La pintoresca plaza del Consejo (Piaţa Stafalui) preside el centro de Brasov
¿Y por qué tiene mala fama Rumanía? Por la mala fama, en muchos casos igualmente injusta, de sus emigrantes. Se ha extendido el estereotipo de que allí todo el mundo es gitano, incluso hay quien dice que vienen de allí (es falso, son originarios del subcontinente indio), y vienen a quitarnos el trabajo en el mejor de los casos, o peor aún, a ejercer de carteristas o qué sé yo... lo que no se dice es que es un pueblo que no tiene mayores dificultades en aprender nuestro idioma y que no vienen por gusto, sino porque la pobreza (y la reciente libertad de movimientos que lo ha permitido) les ha forzado a ser emigrantes desde que cayera el régimen comunista por la fuerza en 1989. Sobre el número de gitanos, es un dato incierto... las cifras oficiales lo dejan en medio millón de almas, aunque algunos lo cifran en más de 2 millones, lo que haría de la comunidad gitana rumana la más populosa del mundo en un solo país. Pero incluso en ese caso, una mera estimación, seguimos hablando de un porcentaje mínimo de la población rumana, que no llegaría al 10%, así que la generalización de que los rumanos son gitanos es falsa y de hecho no gusta a la población de este país. Es más, étnicamente es un país muy diverso, y lo mismo se pueden ver eslavos como gente muy rubia que pasaría por nórdica junto a otros que parecen latinos... y eso que es un país que no ha recibido oleadas de inmigrantes últimamente.

¿Y QUÉ HAY QUE VER EN RUMANÍA?


Pues aunque no cuente con una capital de renombre turístico comparable a las de Europa Occidental, y ni a las más famosas de la Europa ex-comunista como Praga, Budapest o Moscú, tiene otro tipo de alicientes, y a la propia Bucarest se le puede sacar su jugo. Para empezar, tiene un conjunto de pequeñas ciudades fabuloso, empezando por las "sajonas" Brasov, Sighisoara y Sibiu, siguiendo por otras con herencia austro-húngara como Oradea y Timisoara... cuenta con varios castillos de renombre, como el falso castillo de Drácula en Bran, el siniestro castillo de Corvino en Hunedoara o el castillo (aunque es más puramente un palacio) de Peles, con regusto bávaro, de la efímera monarquía rumana. La caprichosa forma de los Cárpatos, que parece abrazar Transilvania, garantiza bonitos paisajes de montaña para esquiar en invierno y caminar en verano; y al norte se muestran dos de los conjuntos de arte rural más interesante de esta parte de Europa: los monasterios pintados con frescos de Bucovina y las iglesias de madera de Maramures. Por si esto fuera poco, una pequeña franja costera permite a los playeros disfrutar del mar o del mayor puerto del país, Constanza. Por último, Bucarest, tiene los mejores museos del país y permite al visitante viajar del París de sus edificios de principios del s. XX a la especie de Pyongyang que solo una mente enferma de comunismo como Ceausescu podía construir, y todo ello a veces sin cambiar de plaza.

Uno de los edificios más imponentes que se ubican en la especie de ensanche de la ciudad, junto al comienzo de la calle de la República

¿Y QUÉ NOS TRAES HOY?


Brașov; una ciudad que no debes perderte si vas a Rumanía, porque aparte de ser muy bonita y estar en el centro de país (pilla de paso para casi todo), tiene en sus alrededores varias de las mejores visitas que puedes hacer en Rumanía: las pistas de esquí, para los aficionados (yo no lo soy) quedan a un paso, y dejan buenas opciones senderistas cuando se va la nieve; el castillo de Peles está a una hora en tren y el de Bran a media hora en bus. Y si la lentitud de los trenes fuera menos de la que es, no sería mala opción el visitar sin dejar de dormir en Brasov las otras dos ciudades sajonas por excelencia: Sibiu y Sighisoara (ambas a unas dos horas y media en tren y quizá a algo menos en coche).

¿POR QUÉ HABLAS TANTO DE CIUDADES "SAJONAS"? ¿ESTAMOS EN RUMANÍA O EN ALEMANIA?


En la época medieval, cuando la actual Rumanía era un compendio de principados independientes como Moldavia, Valaquia o Transilvania, temerosos de los húngaros por el oeste y sobre todo de los otomanos por el este, un gobernante que regía en la tercera de estas regiones, supo atraer a comerciantes sajones a sus tierras, que ayudaron a dinamizar la economía. Estos se convirtieron en sus ciudadanos más ricos en muchos casos, consiguiendo urbanizar el centro de muchas ciudades y pueblos del sureste de Transilvania con cierta imagen y semejanza de las ciudades de la región de la que procedían (norte de la actual Alemania). En ocasiones acumulando tal poder, que en algunas poblaciones los rumanos étnicamente nativos tenían prohibido el acceso a los recintos amurallados sajones. También tenían sus propios nombres para las ciudades, en alemán, que todavía hoy se utilizan en ese idioma y que, por cierto, no suelen parecerse en nada a los nombres en rumano; de Brasov a Kronstadt hay un trecho...

Una de las bocacalles de la calle de la República, tan bonita como aquella pero con menos paseantes. Los edificios son típicamente sajones
Hoy no quedan casi sajones, debido a la represión sufrida tras la segunda guerra mundial y a que los pocos que quedaban a la muerte de Ceausescu huyeron cuando la caída del comunismo volvió a facilitar el paso de fronteras. Sin embargo, su legado ha quedado, con atractivos cascos antiguos de calles peatonales flanqueados por casas de colores y grandes iglesias católicas o protestantes (la mayoría de los rumanos son ortodoxos actualmente).

QUÉ VER EN BRASOV: SU CASCO ANTIGUO, NATURALMENTE SAJÓN


Para empezar, hay que internarse en su casco antiguo por la calle peatonal más vistosa de la ciudad, la de la República. Justo al llegar a ella podemos pasar por algunos edificios interesantes de lo que se podría calificar de un pequeño ensanche, como el de correos o el del museo de arte de la ciudad. Una vez en la calle de la república (Strada Republicii), podemos disfrutar de sus múltiples bares y restaurantes, hasta llegar al corazón de Brasov, la plaza del Consejo (Piaţa Sfatului).

Esta plaza, sin ser 100% peatonal en el momento de escribir estas líneas, es una de las más bonitas de Rumanía. De planta trapezoidal, con una forma un tanto extraña, está protagonizada por el edificio del consejo, que da nombre a la plaza y que aunque lo parezca no es una iglesia, sino un museo de historia y el antiguo ayuntamiento de la ciudad. Los edificios que lo rodean, son algunas de las más bonitas viviendas de colores de la ciudad, cuya baja altura produce una sensación atípica en una plaza de una ciudad de 300.000 habitantes... y es la de estar en medio del monte. ¿Por qué? Porque una pequeña colina al noroeste y sobre todo el monte Tampa al sureste, hacen que estemos rodeados de zonas verdes en pleno "centro" de Brasov, perfectamente visibles en la bonita plaza. Y pongo comillas a lo de centro porque esta ubicación del casco antiguo ha obligado a la ciudad a crecer fundamentalmente al norte, dejando el casco antiguo en una posición descentrada en la ciudad, algo parecido a lo que pasa, por ejemplo, con Cuenca en España.

Bocacalle que sale de la plaza del consejo. Nótese que el letrero en lo alto del monte Tampa nos recuerda que estamos en Brasov :)
Junto a la plaza del Consejo, se ubica otra plaza (sorprendentemente sin pavimentar cuando yo estuve allí) con uno de los edificios más altos y conocidos de Brasov, la llamada "iglesia negra", cuya gran torre se ve desde la plaza principal de la ciudad. Esta iglesia, por la que hay que pagar si queremos visitarla (un precio "de amigo", poco más de 1€ si no recuerdo mal) mantiene vivo el recuerdo de la población germana que la mandó construir, y debe su nombre a un incendio que la dejó con ese color. Hoy, ya restaurada, no es tan negra, y luce con orgullo su tamaño, entre los mayores en un edificio cristiano en la península balcánica.

Escondida entre casas, cerca ya de las murallas que separan el centro sajón del barrio rumano de Schei, se ubica la sinagoga de la ciudad, que estaban pintando en el momento de nuestra visita. Por 1€ se puede entrar para ver el legado judío que ha quedado en otra de esas ciudades europeas en las que la comunidad judía fue numerosa hasta la segunda guerra mundial. Hecha entre finales del s.XIX y principios del XX, como muchas otras sinagogas de la zona (Budapest, Sofía, Novi Sad, etc.), su interior merece la pena.

Por último, como curiosidad, decir que una de las calles que presumen de estar en la lista de más estrechas de Europa, está allí. Se llama Strada Sforii (calle de la cuerda), y es uno de los lugares más fotografiados de la ciudad, aun sin ser tan estrecha, porque pueden cruzarse dos personas sin problemas.

Una de las calles más estrechas de Europa está en Brasov. Otras ciudades rumanas como Sibiu también tienen una calle del mismo estilo


ALREDEDORES DEL CENTRO


Junto al centro sajón pero fuera de la protección de sus murallas, con alguna puerta pintoresca, creció el barrio de Schei, étnicamente rumano. Aquí ya escasean las calles peatonales, y las casas son algo más modestas y menos vistosas para el turista. Sin embargo, la visita ayuda a entender esa separación que se dio donde el inmigrante (y sus descendientes) gobernaba Brasov, y permite conocer la bonita iglesia de San Nicolás, del s. XIII, de culto ortodoxo, y en la que todavía se aprecian parte de los frescos que en algún momento debieron decorarla.

Otra visita inexcusable en Brasov es la del monte Tampa. Pocas ciudades pueden presumir de tener un monte, una estribación de los Cárpatos en este caso, con semejante desnivel y a tan poca distancia de la ciudad, metido en la misma incluso. Un teleférico sube hasta la cima, aunque como estaba cerrado el día que queríamos subir (lunes), ni cortos ni perezosos lo subimos a pie. Con casi mil metros de altura y unos 350 metros más alto que el centro de Brasov, las vistas que desde la ciudad se tienen de él son soberbias, y las que él proporciona sobre Brasov cuentan entre las mejores y más "verticales" vistas urbanas que un servidor haya disfrutado con los pies en la tierra.
No tan buena quizá sea mi opinión del letrero de tipo "Hollywood" que preside el monte y que se ubica junto al mirador del mismo, a la vista de toda la ciudad. Aunque hay que reconocer que sin ser una idea del todo original es un símbolo de la ciudad que llama la atención a todos los que la visitan, y que también se puede ver en el cercano pueblo de Rasnov (no tengo ni idea de quién de los dos lo hizo primero).

Vista del centro de Brasov desde el mirador del monte Tampa. Se aprecian la plaza del Consejo y la gran iglesia negra, a su izquierda
La subida a pie lleva unos 45 minutos si la memoria no me falla, y se hace por un camino que no para de zigzaguear de principio a fin. El viaje en teleférico resulta sensiblemente más económico que un teleférico similar en España. Desde arriba, aparte de Brasov, se ven los Cárpatos más cercanos, que todavía tenían nieve a mediados de abril.

Más modesta es la vista que tenemos si subimos a la ciudadela, ubicada en una colina junto al ensanche de la ciudad, a poca distancia del centro (se llega rápidamente a pie, apenas a 15 minutos de la plaza Stafalui), aunque si os sobra tiempo en la ciudad es una buena forma de emplearlo.

CÓMO LLEGAR


Brasov se encuentra en el extremo sureste de Transilvania, pero al mismo tiempo en su posición bastante centrada de Rumanía. El encontrarse en línea recta hacia el norte desde Bucarest y con un buen puerto por el que penetrar en los Cárpatos desde la capital rumana hacen que Brasov sea un importante nudo de comunicaciones tanto ferroviario como de transporte por carretera. Un tren cada hora y media la comunica con Bucarest, de la que dista poco más de 160 kms.

La puerta más pintoresca de la muralla de Brasov, que separa el centro sajón del barrio de Schei, de más modesta arquitectura rumana

jueves, 27 de marzo de 2014

Joyas maragatas: ASTORGA y CASTRILLO DE LOS POLVAZARES

Hace tiempo ya que quiero escribir de la que es seguramente la excursión con mejor "calidad/precio" desde León pero siempre acabo escribiendo sobre otro sitio... pero ya está, aquí está mi entrada dedicada a Astorga y el pueblecito más hermoso de la comarca: Castrillo de los Polvazares.

Palacio episcopal de Astorga, obra de Gaudí
La Maragatería es una comarca del centro de la provincia de León. Su capital, Astorga, se encuentra en el extremo este de la comarca, y es el único núcleo medianamente urbano de una comarca con un marcado carácter rural; bueno, todo lo urbana que pueda considerarse una población con algo más de 12.000 habitantes... que aun así bastan para agrupar al 75-80% de la población de la comarca.
Astorga se ubica a medio camino de las dos grandes ciudades de la provincia, a unos 47 kms. al oeste de León y a algo menos de 60 kms. de Ponferrada hacia el este, sirviendo de unión a ambas, ya que es un punto de conexión importante entre la vía que sigue el camino de Santiago (N-120, Logroño-Burgos-León-Astorga) y la A-6 (Madrid - la Coruña). A pesar de su reducido tamaño es una población muy importante a nivel histórico no solo en la provincia, sino en todo el país, debido a su pasado bimilenario, que nos indica que fue una de las principales poblaciones del imperio romano en la península, que es sede episcopal desde tiempos remotos y que por estos y otros motivos aglutina un conjunto monumental muy grande para el tamaño actual de la población. De hecho, para mí es sin lugar a dudas la población más interesante de la provincia solamente tras la propia capital. Si a eso juntamos el encanto de Castrillo y las posibilidades gastronómicas, desde luego que estamos ante un buen plan para una excursión de un día si se está cerca, y combinado con León capital o con el Bierzo, un lugar perfecto para un fin de semana o incluso un puente.

HISTORIA


Astorga presume de haber nacido antes del comienzo de nuestra era, y esto se debe a que fue fundada por los romanos poco antes del nacimiento de Cristo. Primero fue campamento romano, como León, hasta convertirse en ciudad, siendo una de las más importantes del noroeste peninsular, junto con las actuales Lugo, Braga (Portugal) o la propia León. Su nombre, "Asturica Augusta", se debe a la relativa cercanía a uno de los pueblos de la península ibérica más rebeldes frente a Roma: los astures. Por lo que etimológicamente Astorga y Asturias tienen un pasado común, aunque la primera no pertenezca a la segunda, sino a la provincia de León.

Tal fue la importancia de Asturica Augusta que la Vía de la Plata nació como la vía que la unía con Emérita Augusta (actual Mérida), camino que sigue vertebrando el oeste español todavía hoy, aunque no exento de polémica; del tradicional camino entre Astorga y Mérida de la época romana se ha pasado a denominar Ruta de la Plata una evolución de la anterior, que une Sevilla, o incluso Cádiz, por el sur, con Gijón por el norte, ruta que yendo por su camino más recto no pasa por Astorga, algo que molesta a los astorganos ya que se ha dejado de lado a una de las dos poblaciones referencia del trazado romano, y se ha extendido "artificialmente" a Andalucía y Asturias, ajenas al mismo.

Vista parcial de la fachada de la catedral de Astorga
Se cree que Astorga ha sido sede episcopal al menos desde el siglo III de nuestra era, siendo esa época una de las de mayor prosperidad de la ciudad, principalmente debido a que era la población a la que llegaba el oro extraido del (relativamente) cercano yacimiento de las Médulas, en el Bierzo, del que ya hablé en una entrada anterior. Y el hecho de ser sede episcopal le ha otorgado a la ciudad los que son sus dos edificios más vistosos, la catedral y el palacio episcopal, aunque sus fechas de construcción son muy posteriores, como es natural...

Con la Edad Media, Astorga irá perdiendo protagonismo frente a la vecina ciudad de León. Bajo el reino leonés, no obstante, siguió teniendo una cierta importancia ya que temporalmente, y por causas como alguna revuelta mora en León, se tiene documentado el traslado de la capitalidad a Astorga durante pequeños periodos de tiempo. También en esta época se fue asentando el camino de Santiago, en el que Astorga siempre ha sido una de las plazas de mayor importancia, contando siempre con numerosos hospitales de peregrinos.

Ya en época más moderna, Astorga vivió momentos convulsos durante la ocupación francesa, siendo de las primeras poblaciones en levantarse en armas contra el ejército de Napoleón. Algo más tarde la pujanza de la industria alimentaria y la llegada del ferrocarril y las autovías han consolidado a una población que sin embargo nunca ha vuelto a vivir el esplendor de la época romana. A día de hoy, el turismo también reporta unos jugosos ingresos a la población, que recibe visitantes por su importancia cultural, histórica y gastronómica.

¿QUÉ VER EN ASTORGA?


El primer reclamo puede ser el romano. Pero por desgracia a mi juicio éste no es el punto fuerte de Astorga, y diré por qué. Mientras que en otros sitios como Tarragona, Lugo o no hablemos ya de Mérida, los edificios romanos que han llegado hasta nuestros días son grandes, muy bien conservados e imponentes, de Astorga por desgracia no nos llevamos la misma impresión. Y no es que se haya borrado de la faz de la tierra la huella romana de Astorga, sino que se ha conservado solamente lo menos vistoso: termas, cloacas (todavía en uso) o una cárcel, todo visitable, eso sí, contactando con la oficina de turismo. Del foro apenas se conservan vestigios, y como complemento a esto tenemos algún mosaico como el del oso y los pájaros, ubicado en una de las zonas termales conservadas.

Los maragatos marcan las horas... detalle de la fachada del ayuntamiento de Astorga
Pero la falta de vistosidad de los restos romanos se ve claramente compensada con otros alicientes; empezando por su catedral, que si bien no es tan famosa como la de León, impresiona por tamaño y factura. Cuenta con rasgos de varios estilos como el gótico o el barroco, y con piedra de varios colores (me imagino que por ser de épocas distintas de construcción o incluso de varias canteras distintas) rojizo, marrón, crema... y representa el poder de esta sede episcopal, poco conocida aun siendo una de las más antiguas de todo el país, así como nada despreciable en cuanto a tamaño. Aparte de toda la mitad oeste de León, abarca buena parte del norte de la provincia de Zamora y el este de la de Orense.

No nos alejamos mucho de la catedral para ir al otro edificio episcopal, situado en la misma plaza, que es el palacio episcopal. Que hoy ese palacio sea un edificio modernista obra de un archiconocido arquitecto catalán llamado Antoni Gaudí, es todo un azar del destino... resulta que en 1889 es obispo de Astorga un paisano y amigo de Gaudí, de Reus (Tarragona) como él, y decide encargarle la construcción de un nuevo palacio tras la destrucción del anterior a causa de un incendio. Las obras comenzaron y solo 4 años más tarde, en 1893, el obispo Grau falleció, por lo que Gaudí perdió su mayor motivación para hacer el palacio a lo que hubo que sumar sus desacuerdos con el cabildo... desacuerdos económicos y también de concepto, ya que Gaudí quería construir un edificio demasiado grande y ostentoso para el gusto conservador astorgano. Tras un parón que se alargó durante años, de 1907 a 1915 otro arquitecto cogió el testigo y finalizó la obra. Este último arquitecto siguió en general el diseño dejado por Gaudí, aunque eliminando elementos de tal forma que resulta algo más austero que lo que Gaudí ideó.
Como curiosidad, decir que nunca se llegó a utilizar como palacio episcopal en sí, es decir, como residencia del obispo, y por iniciativa de otro obispo, fue convertido en 1956 en lo que es hoy: el museo de los caminos. Un interesante museo que, además de permitir ver la obra de Gaudí por dentro, enseña objetos para mostrar la relevancia de Astorga como cruce de caminos, de tal importancia como el camino de Santiago o la vía de la plata. Se trata de uno de los tres únicos edificios de Gaudí ubicados fuera de Cataluña, junto a la casa Botines de León y el Capricho de Comillas (Cantabria).

Las murallas de Astorga no se conservan completas, pero sí en un porcentaje digno de mención, y sus alrededores han sido embellecidos de tal modo que bien merece la pena tenerlas en cuenta durante nuestra visita. Concretamente en el parque Melgar se puede sacar la que es una de las fotos más típicas de Astorga, con el parque y la muralla en primer plano tapando parcialmente el palacio episcopal y la catedral, ubicados por detrás. En total se conservan algo más de 2 kilómetros de muralla que circunvalan buena parte del casco antiguo y que están ahí desde época romana, aunque muy transformados a posteriori, especialmente en el medievo.

Vista nocturna del palacio episcopal, sede del museo de los caminos

Otro espacio de la ciudad interesante es la plaza mayor, un armónico conjunto de edificios presidido por un ayuntamiento muy similar al de otras poblaciones leonesas como Ponferrada o León (en esta última ha habido hasta tres ayuntamientos; me refiero al de la plaza mayor). En él dos muñecos vestidos con el traje típico maragato marcan las horas golpeando con un mazo la campana que se ubica en la parte alta de la espadaña.

MUSEOS


Acabo la visita cultural citando alguno de los museos astorganos, aparte del citado museo de los caminos del palacio episcopal, claro está. El primero que me viene a la cabeza ha de ser obligatoriamente el museo del chocolate, producto muy ligado a Astorga, que se sigue produciendo en la ciudad y que se sigue vendiendo de todos los tipos y maneras, incluyendo de colores fosforitos como el visitante podrá ver en algún escaparate. El museo del chocolate de Astorga muestra ese mundo que rodea al chocolate, desde su historia, su forma de fabricación o viejos utensilios tradicionales. Al final se puede degustar y comprar el chocolate astorgano en el mismo museo.

Otro museo que tiene buena pinta (pero que no conozco, seré honesto) es el museo romano, ubicado en otro edificio "poco vistoso", como dije arriba, pero de gran valor histórico: la "Ergástula", que se cree que fue una cárcel de la época romana. Entre muchos otros objetos romanos, en el museo destacan las "pinturas pompeyanas".

GASTRONOMÍA


Mencionado ya el chocolate, Astorga tiene unos cuantos motivos más para merecerse un sitio destacado en la gastronomía leonesa e incluso nacional. Podemos empezar por sus mantecadas, una especie de magdalenas especialmente típicas allí y conocidas en todo el país; se puede continuar con los hojaldres, bien llenos de miel y que marcas como "Alonso" comercializan en la zona (marca que por cierto tiene todo un imperio en la provincia en forma de numerosos bares-chocolatería).

Aunque el gusto salado no se queda atrás, ubicándose en Astorga el centro que acoge a la IGP "Cecina de León", sabroso embutido ahumado hecho con carne de vaca y de aspecto parecido al jamón, que se hace en toda la provincia, especialmente en las zonas montañosas del norte. Pero es otro producto el que provoca que haya gente que haga centenares de kilómetros para ir a Astorga... el cocido maragato. Un cocido hecho con los mejores embutidos y legumbres de la zona, con la peculiaridad de que se come al revés que el resto de los cocidos: se empieza por el plato fuerte, la carne, se pasa luego a los garbanzos con berza y se acaba con la sopa. ¿Y por qué? Pues está extendida la leyenda que dice que se debía a la guerra de la independencia... que para luchar contra los franceses se comía primero la carne por si no daba tiempo a comerlo todo habiendo que salir corriendo a batallar... pero parece que la verdadera razón hay que encontrarla más allá, en los arrieros, profesión muy extendida en la zona antiguamente. Como llevaban la carne cocida fresca en sus zurrones, se la comían primero y acababan con una sopa calentita, ya en una posada, para entonar los estómagos con el calor. Más detalles aquí.

CASTRILLO DE LOS POLVAZARES


No me cabe duda de que Astorga no le habrá sabido a poco a nadie, pero es que además, por si no fuera suficiente, agrupa en su municipio uno de los pueblos más bonitos de la provincia. A solo 6 kms. del centro de Astorga, por una carreterita local, pero en cierto modo a años luz arquitectónicamente, se ubica Castrillo de los Polvazares. Este pueblo, genuinamente "caminero" (se hace notar en su estructura el estar atravesado por el camino de Santiago), muestra un encantador color anaranjado, color de la piedra usada en las casas, típica de la arquitectura rural maragata. Y también del empedrado, no apto para mujeres con tacones, aunque en el caso de este último estemos ante algo reciente, apenas de los años 50 del siglo XX. Eternamente anclado en la edad media, Castrillo también se ha hecho un hueco gastronómico y numerosos restaurantes del pueblo ofrecen el ya mencionado cocido maragato.

Una vista del delicioso pueblo de Castrillo de los Polvazares

Recorrerlo apenas os llevará una hora, porque el tamaño de Castrillo es realmente reducido, pero será una hora encontrando rincones preciosos en un pueblo con el que aprovecho para cerrar este capítulo dedicado a la Maragatería, la comarca del corazón de la provincia de León.

domingo, 9 de marzo de 2014

La ciudad imperial amable: MEKNÉS

De las cuatro ciudades imperiales marroquíes, Meknès es la de menor tamaño y la que menos tiempo ha sido capital del territorio que hoy es Marruecos. De hecho, su cercanía a Fez provocó que se viera eclipsada y viviera siempre a la sombra de la considerada capital cultural de Marruecos.

Puerta de Bab el Mansour, símbolo de Meknés y probablemente la más hermosa de todo Marruecos
Sin embargo, a Meknès (que algunos traducen como "Mequínez" al español, aunque su uso es limitado y a mí me suena feo) a día de hoy le viene bien la cercanía a Fez (65 kms.). Y es que Meknés, la quinta ciudad más grande de Marruecos, carece de un aeropuerto comercial fácilmente accesible, pero eso se ve compensado con las buenas comunicaciones que tiene tanto por tren como por autopista con Fez al este y con Rabat y Casablanca al oeste, e incluso con Tánger al norte, también accesible por ferrocarril.
Estas posibilidades han hecho que empiece a despegar el turismo en esta interesantísima ciudad, pero de forma más "llevadera" que en Fez o Marrakech. Aquí no hace falta que estéis alerta para evitar que os engañen sus habitantes, ni tampoco merece la pena tener miedo a perderse por la medina o siquiera plantearse el contratar un guía; Meknés tiene el encanto de una ciudad marroquí, con la puerta más bonita del país, bonitos minaretes o una plaza que nos recordará a la Djemaa el Fna... pero sin los inconvenientes que puedan azotar a Fez o Marrakech. Todo un lujo, más desconocido, que recomiendo a todo el que se plantee visitar a nuestros vecinos del sur.

HISTORIA


Meknés, como ya he dicho, pasó buena parte de su historia a la sombra de Fez, como una capital de provincias de tamaño medio, pero lejos de la importancia de su vecina. Pero todo eso cambió de la noche a la mañana, cuando Moulay Ismail trasladó la capital de su imperio a Meknés en 1675, poco después de comenzar su sultanado (en 1672), para evitar las frecuentes revueltas que siempre ha sufrido la vecina ciudad de Fez. Ismail, que falleció en 1727, es probablemente el sultán más importante históricamente de la dinastía alauita (que reina todavía hoy en el país), y el único que gobernó el país desde Meknés. Los más de 50 años que reinó desde esta ciudad fueron sin duda los de mayor gloria de la misma, con la construcción de una inmensa ciudad imperial que él mismo quiso convertir en una especie de Versalles marroquí, con 40 kilómetros de murallas, puertas monumentales y palacios dignos de la especie de gran rey absolutista que era, buen amigo de su homólogo y coetáneo francés Luis XIV. Cruel y sanguinario, Ismaíl supo mantener a los otomanos fuera de Marruecos, y conquistó algunas plazas europeas en el norte de África, como Tánger (inglesa), Larache o Asilah (españolas); algunas fuentes calculan que en su harén había más de 500 mujeres y que tuvo más de 1000 hijos. Todas estas cifras reflejan las dimensiones y la personalidad grandilocuente de este soberano, y la ciudad imperial de Meknés es el reflejo de la que él quiso que fuera su capital.

Mausoleo de Mulay Ismail, con un interior ricamente decorado
A la muerte de Ismaíl Meknés no pudo retener la capitalidad, por lo que siguió una época de cierta decadencia, mitigada más tarde con la llegada de las comunicaciones que cité anteriormente. No obstante Meknés hoy ha sabido retener parte de la gloria de esos efímeros 52 años y hoy se muestra ante nosotros como una orgullosa capital imperial que nada tiene que envidiar a las otras tres, todas de mayor tamaño y fama: Marrakech, Fez y Rabat.


QUÉ VER EN MEKNÉS


En Meknés veremos una ciudad que representa el ideal de ciudad marroquí de un hombre, el citado Mulay Ismail, y de una época, los siglos XVII y XVIII. Hay edificios destacables de otras épocas, pero en número y en importancia el protagonismo se lo llevan sobre todo los construidos con Ismail. Esto es algo que le diferencia de Marrakech o de Fez, donde la importancia de ambas ciudades a lo largo de los siglos hace que más épocas se vean representadas en su arte.

El icono de la ciudad es sin lugar a dudas la puerta de Bab el Mansour, que además de ser la puerta más hermosa de la muralla de Meknés es la más bonita de Marruecos y, posiblemente, el monumento más destacable de todos los que mandó construir Moulay Ismail. Esta puerta, acabada en 1732 (por tanto no vista en vida por quien la mandó construir), y de una monumentalidad indiscutible, curiosamente no tiene mucha función como puerta actualmente, ya que no permite el paso de tráfico de vehículos y apenas el de personas, que sí pasan junto a ella. La calle a la que da la puerta es la que separa (o une) la medina con la ciudad imperial.

Plaza el Hedime, con la puerta de al Mansour al fondo
De hecho, no hace falta ni separarse de la puerta para ver la plaza que actúa de lugar de reunión en la ciudad, una especie de versión encogida de la marrakechí Djemaa El Fna en Meknés. La plaza El Hedime (que significa "plaza de las ruinas") acoge también a comerciantes, contadores de cuentos y todo tipo de gente de lo más extravagante para el viajero occidental, aparte de una nutrida oferta de restaurantes con terrazas a pie de plaza o en las azoteas de los edificios. Si bien no tiene tanta vida ni es tan grande como la de Marrakech, sí tiene más coherencia que su hermana mayor, con una forma rectangular y edificios más homógeneos a su alrededor. Su estructura también sirve para vertebrar y unir la ciudad imperial con la medina, el zoco semicubierto de artesanos y de ropa de sus lados norte y este con un no menos animado mercado cubierto de comida en su lado oeste, sin olvidar la citada puerta Bab el Mansour. Pasar por esta plaza a cualquier hora del día nos permitirá ver distintos ambientes y es más que recomendable. Como pasa en Marrakech, lo que ocurre en esa plaza en buena medida poco tiene que ver con el turismo; es más bien una representación cultural de Marruecos, y la disfrutan tanto los turistas como los habitantes de Meknés.


LA MEDINA


Una vez presentados los iconos, tan cercanos entre sí como que pertenecen el uno al otro, de la ciudad imperial y de la medina, conviene abordar ambos por separado.

Callejuela típica de la medina de Meknés, con un característico color crema
Sin salir de la plaza, es altamente recomendable el museo Dar Jamai. Como me pasa con otros museos de ciudades como Marrakech o Fez, mi sensación en ese museo fue la de que valía más la pena por el edificio por dentro que por el contenido expuesto. Las salas construidas y decoradas al estilo marroquí son magníficas, llevándose la palma un salón en el que no falta detalle. El pequeño patio es de estilo andalusí y en él me llamaron la atención los detalles de las puertas y la fuente. El precio, como siempre, popular (10 dirhams si no recuerdo mal, esto es, poco menos de 1€)

El-Hedime se puede considerar ya parte de la medina, aunque para sentirnos en una medina marroquí deberemos dejar la plaza. Cualquiera de las pequeñas calles que se dirigen hacia el este y especialmente las del norte de la plaza (justo donde está la entrada al museo por el que acabamos de pasar) nos meterán de lleno en el zoco, lleno de estrechas calles donde en un aparente caos se venden todo tipo de productos. Y digo aparente porque, como pasa en el resto de Marruecos, hay un orden estricto y los vendedores se agrupan en gremios y se han de poner en un lugar concreto...

Una de las salas del museo Dar Jamaï
Como ya dije más arriba la medina de Meknés tiene el tamaño ideal; no es ni tan minúscula como para salirse en cuanto demos cuatro pasos, ni tan grande como para perderse. Si la medina de Marrakech tiene el color rojo como emblema, y en Fez reinan el gris del cemento, el blanco de la cal y el verde del islam, representado en sus edificios religiosos, en Meknés los edificios suelen tener un color crema anaranjado que es el que preside ya la plaza el Hedime. Tendremos que movernos entre calles así para alcanzar los edificios más destacados de la medina, que son la gran mezquita de Meknés y la madraza o medersa Bou Inania, junto a ella. La primera será casi imperceptible a nuestros ojos, excepto por una trabajada puerta de acceso que, cuando la veamos, no nos dejará indiferente. Como en la mayoría de mezquitas marroquíes tenemos prohibida la entrada los no musulmanes.
Sí podemos entrar a la madraza (escuela coránica) a cambio, y debemos hacerlo, puesto que será el mejor edificio que veremos en Meknés ajeno a Mulay Ismail, y una de las más hermosas escuelas coránicas del país. Esta madraza, del s.XIV, nada tiene que envidiar a sus homólogas de Marrakech y Fez, y por apenas 20 dirhams nos mostrará cómo eran estas escuelas. Aparte de visitar el precioso patio central, y las minúsculas habitaciones de los estudiantes, tenemos la posibilidad de subir a la azotea para disfrutar de las vistas que tendremos del minarete de la gran mezquita y de otros minaretes diseminados por la medina. Escuchar el canto del moecín desde ahí es estremecedor.

Madraza Bou Inania, la joya de Meknés previa a Mulay Ismail
Aparte de para ver el ajetreo diario de Meknés, sin que nadie moleste al turista como pasa en Fez, la medina no tiene muchísimos más edificios de primer orden turístico. Puede ser una buena idea desplazarse a pie hasta su extremo norte, donde se ubica una puerta vistosa (Bab Berdaine), junto a la cual tenemos la mezquita Berdaine, del s. XVIII y protagonista de un derrumbamiento en 2010 que segó la vida de 41 personas (un servidor no ha tenido noticia de esta tragedia hasta que ha empezado a redactar este escrito). El minarete que se cayó hoy está totalmente reconstruido a semejanza del anterior.
Saliendo por la puerta nos encontraremos con un gran cementerio donde, aparte de reinar más las malas hierbas de lo que un occidental está acostumbrado a ver en un camposanto, tiene un mausoleo de un líder religioso importante para el islam, Sidi Ben Aïssa.

LA CIUDAD IMPERIAL


Dejamos la medina para ahora pasar a conocer la ciudad imperial de Meknès. En este conjunto, de grandes dimensiones, en ocasiones puede ser necesario la ayuda de un taxi, especialmente para desplazarse hasta los lugares más lejanos (estanque de Agdal y los graneros y caballerizas que tiene al lado). Hay que regatear el precio antes de usar un taxi porque si bien muchos taxistas llevan taxímetro o piden cantidades justas por el desplazamiento (muy barato para un europeo) también los hay que se pueden aprovechar...

Estanque Agdal
Pero comencemos por la parte más cercana a la medina. Podemos entrar a la ciudad imperial por la famosa Bab El Mansour si está abierta o por otra cercana puerta algo más al este. Nos encontraremos con una inmensa plaza, con puertas decoradas, y calesas pensadas para el turista. En la parte más occidental tenemos una calle por la que podemos llegar a otra gran plaza, presidida por una explanada bajo la que se encuentra una cárcel (prisión de Cara) y el pabellón en el que el sultán recibía a los mandatarios extranjeros: Al Koubat Khayatine. El que estén pegando la cárcel y este pabellón no sé si quiere expresar algo... ambos son visitables por 10 dirhams aunque a mi juicio es una visita prescindible.

Una puerta monumental aunque de firma más moderna que las anteriores, nos acerca de inmediato al mausoleo de Mulay Ismail. Aunque otros mausoleos del estilo están vetados a los no musulmanes, en este caso somos libres de entrar, y además lo haremos gratuitamente. Esto es una buena noticia, ya que es uno de los lugares más destacables de Meknés. El crema anaranjado de Meknés aquí deja paso a un amarillo que comparte protagonismo con los azulejos que presiden todo edificio histórico marroquí. Tras pasar varios patios vacíos llegamos a las salas cubiertas que protagonizan el conjunto. Aquí habrá que descalzarse y conformarse con una de las salas ya que el lugar en el que reposan los restos del sultán es accesible solo a nuestras miradas. Curiosamente, el mausoleo fue construido a principios del s. XVIII por lo que el sultán pudo ver el edificio en el que descansaría su cuerpo una vez muriera décadas antes de fallecer. Se pueden sacar las fotos que queramos en los patios y salas pero está prohibido hacer vídeos. Se requiere vestir de forma correcta para la moralidad musulmana (sin ser necesario el velo para las mujeres).

Detalle del mausoleo de Mulay Ismail
Tras esto, podemos recorrer la ciudad imperial a pie, aunque puede resultar un tanto monótono hacerlo por largas avenidas rodeadas por murallas en las que veremos alguna puerta monumental que, además, en algunos casos no podremos ni fotografiar... se trata del palacio real, que es el mismo que usó Mulay Ismail y que todavía hoy sigue usando el rey de Marruecos cuando visita la ciudad. No obstante, aunque el primero se hiciera llamar "sultán" y ahora se les llame reyes, no dejan de ser de la misma dinastía... como curiosidad, entre las recias murallas podemos encontrar un campo de golf, con unos olivos en los que unos campesinos estaban recogiendo la aceituna cuando yo estuve por allí; o llegar hasta el estanque Agdal, tras unos 20-30 minutos a pie, un lugar de esparcimiento para los habitantes de Meknés, que además, sin querer, descubrimos que es un bonito lugar para disfrutar de una puesta de sol. Este estanque fue mandado construir por Ismail para regar los jardines de la ciudad imperial. Junto a él se encuentra un inmenso edificio medio en ruinas que fue utilizado como granero y caballeriza. El precio de la entrada es popular, como siempre (10 dirhams) pero a mí, personalmente, no me aportó gran cosa su visita.

Como estuvimos dos días completos en la ciudad, y quizá con uno y medio, incluso con solo uno, sea suficiente para disfrutar de los mayores encantos de Meknés, tuvimos tiempo para disfrutar de otros lugares menos turísticos. Disfrutar de una puesta de sol en la parte de la ciudad nueva que está justo tras el río que la separa de la medina fue uno de esos pequeños placeres que uno se puede permitir cuando le sobra tiempo.

Atardecer con vistas a la medina de Meknés

¿DÓNDE DORMIR?


Meknés, como otras ciudades históricas de Marruecos, permite la experiencia de dormir en un riad. Riad significa "jardín" y también designa a las casas tradicionales de las medinas marroquíes, muchas utilizadas hoy para alojar turistas, y que son otro encanto más del país en sí mismo. En este caso nosotros escogimos uno precioso, y pudimos incluso dormir en su habitación más grande y lujosa por un precio que sigue siendo muy competitivo (40€ la noche, habitación doble). La ubicación era excelente, apenas a a 2-3 minutos de la plaza el Hedime, y de Bab el Mansour, en una calle de la medina, fácil de encontrar. Si a eso sumamos la amabilidad de todos sus empleados, no me queda otra más que recomendarlo plenamente. Se llama Riad Hiba.

Para los que prefieran un hotel más occidental, los encontrarán en la ciudad nueva.

COMO LLEGAR


Meknés se encuentra en el eje oeste-este principal del país, que la une con Casablanca y Rabat al oeste, y con Fez (solo 30-40 minutos de tren), Taza y Oujda al este. Ese eje es el que siguen tanto la autopista como la vía de tren. Por el norte, desde Meknés se llega en tren a Tánger.

Nuestra habitación del Riad Hiba

sábado, 1 de febrero de 2014

REBELDE CAPITAL IMPERIAL: FEZ (II)

Continuamos la segunda parte de los consejos para conocer la ciudad de Fez. Aquí tenéis la primera mitad.

¿QUÉ VER EN FEZ? FEZ-EL-JEDID


Las diversas dinastías que han gobernado el noroeste de África no han acostumbrado a escatimar en gastos a la hora de hacer sus ciudades imperiales. En el caso de Fez, la dinastía benimerín o merínide ordenó construir la ciudad imperial de Fez el Jdid. Sí, si en Europa se han hecho lujosos palacios reales, en lo que hoy es Marruecos se construían "ciudades imperiales", aun más grandes y pomposas que sus equivalentes europeos. Eso sí, mientras en Europa muchos son visitables por dentro, en Marruecos todavía hoy son inaccesibles al viajero las joyas de esas ciudades imperiales, que son los palacios reales... es más, hacer fotos de su exterior muchas veces está prohibido (algo de lo que avisan los guardas que suelen estar en las puertas) incluso aunque el rey de Marruecos no esté en la ciudad y apenas use el palacio... normal, tiene 27 palacios reales y es imposible que use todos a diario. En el caso de Fez, la vistosa fachada principal de la plaza de los Alauitas sí se puede fotografiar (de hecho parece haberse hecho adrede para ello), pero el resto de palacio no.


Fachada del palacio real en la plaza de los Alauitas, la más bonita y la única fotografiable de este inmenso conjunto palaciego
El caso es que los benimerines se construyeron una nueva ciudad en un alto cercano a la medina desde el que poder controlar lo que por aquel entonces era Fez, la cual era pasto de diferentes revueltas con relativa frecuencia. Alrededor de esa ciudad imperial fueron creciendo diversos barrios, casi tan caóticos como los de Fez-El-Bali, entre los que destaca un barrio judío. El crecimiento de ambas ciudades provocó que acabaran uniéndose Fez-el-Bali y Fez-el-Jedid, aunque todavía hoy compongan dos unidades urbanísticas diferenciadas. Aquí tenéis algunos de sus puntos de interés:
- Mechuares: yo no pude ver todos, porque según mi mapa alguno estaba dentro de las murallas del palacio real (por tanto no era visitable), pero el "pequeño mechuar" por el que se entra al barrio tiene su interés... un "mechuar" es un patio de armas, una gran plaza amurallada utilizada para las formaciones militares. Básicamente es una plaza rodeada de muros con almenas hoy gobernada por los coches, con una puerta del palacio real donde os dirán amablemente que ni se os ocurra hacer fotos (solo al palacio, el resto de mechuar puede ser fotografiado).
- Grand rue de Fez-el-Jedid: esta calle comunica el "petit mechouar" con el barrio judío, y su primera mitad es un zoco, con bastante más espacio que los de la medina y especializado en ropa. Además junto a esa calle se suceden varias mezquitas, fácilmente identificables por sus minaretes. La calle, larga y recta, muere en el barrio judío al que se llega pasando bajo una monumental puerta.

Calle principal de Fez-el-Jedid, convertida en zoco de ropa en buena parte de su recorrido

- Barrio judío, sinagoga incluida: el barrio judío de Fez-el-Jedid muestra las huellas que han dejado los judíos en Fez. Aunque hoy sean apenas unas pocas decenas, hasta hace pocas décadas se contaban por miles en la ciudad. La convivencia no era fácil, y de hecho las humillaciones y vejaciones que la mayoría musulmana daba a sus vecinos judíos lo dejan claro, pero no obstante los judíos se las apañaron con su buena mano para la artesanía y la joyería para tener una economía mejor que la de sus vecinos musulmanes. Sigue habiendo joyerías en el barrio, y la calle principal tiene unas vistosas casas con balcones de madera que me recordaron a fotos que he visto de ciudades coloniales construidas por los españoles. La sinagoga se conserva gracias a la reconstrucción que pagó, entre otros, el gobierno alemán (curiosamente), y se muestra al que la quiera visitar por 20 dh (1,8€ con el cambio). Aunque no está al nivel de sus homólogas europeas ni en tamaño ni en porte (Budapest o Sofía, por citar dos ejemplos) nos pareció una visita interesante. NOTA: NO HACER NI CASO a las indicaciones que la gente os dé para llegar al barrio ni a la sinagoga. Hasta 4 personas distintas nos señalaban en dirección contraria a dónde íbamos la situación de ambos en Fez-el-Jedid.

Interior de la sinagoga de Fez

- Palacio real: la foto de la plaza de los Alauitas es otra de las clásicas de la ciudad, y recomiendo a todo el mundo que pase por esa plaza... y aunque no se puedan hacer más fotos, se rodeará el palacio real casi sin querer y se verá alguna que otra puerta vistosa, y las altas murallas que lo protegen del exterior.
- Barrios musulmanes: los barrios que se suceden a los lados de la calle principal de Fez-el-Jedid y al oeste del mechuar anteriormente citado pueden tener su interés, aunque son prescindibles. Si uno se pierde por sus calles se encontrará otra cara de la realidad de Fez, aparte de no dejar indiferente a una población no tan acostumbrada a ver turistas como en la medina.

Petit mechouar, un patio de armas por el que se entra a Fez-el-Jedid


MUSEOS

Como pasa en otras ciudades marroquíes como Marrakech, ir a los museos de Fez es en muchos casos más que recomendable. El interés principal es más por los edificios en los que se alojan que por las piezas que componen la colección expuesta; por otro lado los precios son muy bajos, entre 10 y 20 dirhams (1-2€). Estos son los mejores:
- Museo Dar Batha: museo principal de la ciudad, de titularidad pública, expone arte marroquí en un edificio igualmente marroquí con un inmenso jardín de claro aire andalusí, que nos hará sentir, salvando las distancias, como en los jardines de los Alcázares de Sevilla. Se ubica fuera de la medina pero junto a ella, a 5 minutos a pie de la puerta Bab Bou Jeloud.
- Museo de la madera "Nejjarine": en pleno centro de la medina, en un antiguo caravasar (alojamiento para caravanas y "caravaneros") que ejemplifica como ningún otro sitio el trabajo de recuperación que la UNESCO ha ejercido en la ciudad, este museo es un claro ejemplo de que solo por visitar este edificio por dentro ya merece la pena pagar los 20 Dh que cuesta, aunque nos dé igual la madera. Las piezas en sí tienen su interés a pesar de todo. La azotea es visitable también, y ofrece buenas vistas de la medina.

El caravasar Nettarine, restaurado por la UNESCO, aloja hoy el museo de la madera de Fez

- Museo Belghazi: algo más secundario, este museo de titularidad privada es un remanso de tranquilidad a pesar de su ubicación, también en una zona céntrica de la medina. Una cría de la familia nos enseñó las salas, y aunque la Lonely Planet dice que ha perdido parte de su esplendor porque su dueño ha vendido muchas obras, solo por ver un palacio tan antiguo ya nos mereció la pena entrar (20 Dh). Las vistas de la medina desde la azotea serán probablemente las mejores que se pueden tener sin salir del recinto amurallado. Ojo si se buscan fotos porque hay más museos con el mismo nombre en Marruecos y el de Fez no es precisamente el que más muestra google. Y ojo también a las personas que cerca del museo os dirán que está cerrado recomendándoos ir a las cercanas curtidurías (que son más pequeñas que las principales de la ciudad); en mi caso era falso que estuviera cerrado el museo, es otra estrategia para que vayáis a donde a ellos les interesa.
- Museo de armas: alojado en un torreón defensivo hecho por esclavos portugueses en un alto sobre la medina, visitar este museo por dentro tampoco me volvió loco de alegría, y te tienen que gustar algo más que a mí las armas para disfrutarlo... (10 Dh) no obstante, acercarse a él, entrando o no, puede ser una buena idea porque es el segundo mejor lugar de Fez para disfrutar de un atardecer. El primero son las ruinas de las tumbas merínides, no muy lejos del museo, pero tanto las guías de viaje como amigos que estuvieron antes que nosotros en Fez nos dijeron que esa zona está frecuentada por ladronzuelos, especialmente de noche. Como no era recomendable preferimos no ir. Al margen del atardecer, las vistas sobre toda la medina de Fez son muy buenas, aunque la cercana estación de bus afee un poco el conjunto.


¿DÓNDE DORMIR EN FEZ?


Como ya he comentado, Fez dispone de hoteles, más o menos lujosos, que nos harán sentir como en Europa, o casi... y el "casi" lo digo porque es más frecuente que en Europa que algunos detalles fallen: véase problemas de fontanería, tapas de WC rotas o habitaciones mal aisladas del frío o calor exterior por citar algunos que nos encontramos.

Patio del museo Belghazi
No obstante, para todo aquel que quiera sumergirse en la cultura marroquí, los riads son una experiencia más que recomendable. "Riad" significa "jardín", pero también designa a la casa tradicional marroquí, discreta y sin ventanas al exterior, pero que deja la decoración para el interior (en el mundo musulmán se considera mal visto presumir de lujo, por eso se decora solo el interior de las casas, aunque en Dubai o Qatar ya no se cumpla esta costumbre...), que se estructura en torno a un patio y cuenta con varias plantas y una azotea. Los riads se pueden encontrar en las medinas de las ciudades marroquíes con más encanto (Fez, Marrakech, Meknes o Essaouira, por citar algunas) y los hay de todos los precios, desde superlujo a muy económicos, por menos de 30€ diarios la habitación doble. Suelen tener pocas habitaciones, no superando la decena, lo cual hace que los dueños y/o empleados den un trato amable y cercano, siendo una fuente de información fiable. Nosotros dormimos en el riad Nassim, que estando bastante bien, tiene el inconveniente de estar en un extremo de la medina, lejos de la mayoría de puntos de interés.


¿CÓMO LLEGAR A FEZ?


Fez tiene un aeropuerto internacional, que en el momento de escribir estas líneas se había quedado pequeño por la llegada de compañías como Ryanair o Vueling, que nos acercan a esta ciudad marroquí desde España y otros países de Europa Occidental. No obstante a principios de 2014 ya estaba bastante avanzada la nueva terminal, digna de la segunda ciudad más turística de Marruecos.

Calle principal del barrio judío, que destaca por sus hermosas viviendas con balcones de madera
Además Fez se encuentra en el centro de uno de los dos principales ejes ferroviarios marroquíes; concretamente del que une la costa atlántica (Rabat, Casablanca) con Oujda, ciudad cercana a la frontera argelina y al Mediterráneo. Los trenes marroquies, siendo viejos, son más rápidos de lo que cabría pensar (más que en Europa Oriental, por ejemplo) y realmente muy baratos (recorrer 100 kms. en ellos vale de media menos de 3€), por lo que son una buena forma de moverse por el país. Las principales ciudades del país tienen servicio de tren, o un bus, regentado por Supratours y dependiente de la compañía ferroviaria marroquí, por lo que es fácil acceder a ellas.