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domingo, 9 de marzo de 2014

La ciudad imperial amable: MEKNÉS

De las cuatro ciudades imperiales marroquíes, Meknès es la de menor tamaño y la que menos tiempo ha sido capital del territorio que hoy es Marruecos. De hecho, su cercanía a Fez provocó que se viera eclipsada y viviera siempre a la sombra de la considerada capital cultural de Marruecos.

Puerta de Bab el Mansour, símbolo de Meknés y probablemente la más hermosa de todo Marruecos
Sin embargo, a Meknès (que algunos traducen como "Mequínez" al español, aunque su uso es limitado y a mí me suena feo) a día de hoy le viene bien la cercanía a Fez (65 kms.). Y es que Meknés, la quinta ciudad más grande de Marruecos, carece de un aeropuerto comercial fácilmente accesible, pero eso se ve compensado con las buenas comunicaciones que tiene tanto por tren como por autopista con Fez al este y con Rabat y Casablanca al oeste, e incluso con Tánger al norte, también accesible por ferrocarril.
Estas posibilidades han hecho que empiece a despegar el turismo en esta interesantísima ciudad, pero de forma más "llevadera" que en Fez o Marrakech. Aquí no hace falta que estéis alerta para evitar que os engañen sus habitantes, ni tampoco merece la pena tener miedo a perderse por la medina o siquiera plantearse el contratar un guía; Meknés tiene el encanto de una ciudad marroquí, con la puerta más bonita del país, bonitos minaretes o una plaza que nos recordará a la Djemaa el Fna... pero sin los inconvenientes que puedan azotar a Fez o Marrakech. Todo un lujo, más desconocido, que recomiendo a todo el que se plantee visitar a nuestros vecinos del sur.

HISTORIA


Meknés, como ya he dicho, pasó buena parte de su historia a la sombra de Fez, como una capital de provincias de tamaño medio, pero lejos de la importancia de su vecina. Pero todo eso cambió de la noche a la mañana, cuando Moulay Ismail trasladó la capital de su imperio a Meknés en 1675, poco después de comenzar su sultanado (en 1672), para evitar las frecuentes revueltas que siempre ha sufrido la vecina ciudad de Fez. Ismail, que falleció en 1727, es probablemente el sultán más importante históricamente de la dinastía alauita (que reina todavía hoy en el país), y el único que gobernó el país desde Meknés. Los más de 50 años que reinó desde esta ciudad fueron sin duda los de mayor gloria de la misma, con la construcción de una inmensa ciudad imperial que él mismo quiso convertir en una especie de Versalles marroquí, con 40 kilómetros de murallas, puertas monumentales y palacios dignos de la especie de gran rey absolutista que era, buen amigo de su homólogo y coetáneo francés Luis XIV. Cruel y sanguinario, Ismaíl supo mantener a los otomanos fuera de Marruecos, y conquistó algunas plazas europeas en el norte de África, como Tánger (inglesa), Larache o Asilah (españolas); algunas fuentes calculan que en su harén había más de 500 mujeres y que tuvo más de 1000 hijos. Todas estas cifras reflejan las dimensiones y la personalidad grandilocuente de este soberano, y la ciudad imperial de Meknés es el reflejo de la que él quiso que fuera su capital.

Mausoleo de Mulay Ismail, con un interior ricamente decorado
A la muerte de Ismaíl Meknés no pudo retener la capitalidad, por lo que siguió una época de cierta decadencia, mitigada más tarde con la llegada de las comunicaciones que cité anteriormente. No obstante Meknés hoy ha sabido retener parte de la gloria de esos efímeros 52 años y hoy se muestra ante nosotros como una orgullosa capital imperial que nada tiene que envidiar a las otras tres, todas de mayor tamaño y fama: Marrakech, Fez y Rabat.


QUÉ VER EN MEKNÉS


En Meknés veremos una ciudad que representa el ideal de ciudad marroquí de un hombre, el citado Mulay Ismail, y de una época, los siglos XVII y XVIII. Hay edificios destacables de otras épocas, pero en número y en importancia el protagonismo se lo llevan sobre todo los construidos con Ismail. Esto es algo que le diferencia de Marrakech o de Fez, donde la importancia de ambas ciudades a lo largo de los siglos hace que más épocas se vean representadas en su arte.

El icono de la ciudad es sin lugar a dudas la puerta de Bab el Mansour, que además de ser la puerta más hermosa de la muralla de Meknés es la más bonita de Marruecos y, posiblemente, el monumento más destacable de todos los que mandó construir Moulay Ismail. Esta puerta, acabada en 1732 (por tanto no vista en vida por quien la mandó construir), y de una monumentalidad indiscutible, curiosamente no tiene mucha función como puerta actualmente, ya que no permite el paso de tráfico de vehículos y apenas el de personas, que sí pasan junto a ella. La calle a la que da la puerta es la que separa (o une) la medina con la ciudad imperial.

Plaza el Hedime, con la puerta de al Mansour al fondo
De hecho, no hace falta ni separarse de la puerta para ver la plaza que actúa de lugar de reunión en la ciudad, una especie de versión encogida de la marrakechí Djemaa El Fna en Meknés. La plaza El Hedime (que significa "plaza de las ruinas") acoge también a comerciantes, contadores de cuentos y todo tipo de gente de lo más extravagante para el viajero occidental, aparte de una nutrida oferta de restaurantes con terrazas a pie de plaza o en las azoteas de los edificios. Si bien no tiene tanta vida ni es tan grande como la de Marrakech, sí tiene más coherencia que su hermana mayor, con una forma rectangular y edificios más homógeneos a su alrededor. Su estructura también sirve para vertebrar y unir la ciudad imperial con la medina, el zoco semicubierto de artesanos y de ropa de sus lados norte y este con un no menos animado mercado cubierto de comida en su lado oeste, sin olvidar la citada puerta Bab el Mansour. Pasar por esta plaza a cualquier hora del día nos permitirá ver distintos ambientes y es más que recomendable. Como pasa en Marrakech, lo que ocurre en esa plaza en buena medida poco tiene que ver con el turismo; es más bien una representación cultural de Marruecos, y la disfrutan tanto los turistas como los habitantes de Meknés.


LA MEDINA


Una vez presentados los iconos, tan cercanos entre sí como que pertenecen el uno al otro, de la ciudad imperial y de la medina, conviene abordar ambos por separado.

Callejuela típica de la medina de Meknés, con un característico color crema
Sin salir de la plaza, es altamente recomendable el museo Dar Jamai. Como me pasa con otros museos de ciudades como Marrakech o Fez, mi sensación en ese museo fue la de que valía más la pena por el edificio por dentro que por el contenido expuesto. Las salas construidas y decoradas al estilo marroquí son magníficas, llevándose la palma un salón en el que no falta detalle. El pequeño patio es de estilo andalusí y en él me llamaron la atención los detalles de las puertas y la fuente. El precio, como siempre, popular (10 dirhams si no recuerdo mal, esto es, poco menos de 1€)

El-Hedime se puede considerar ya parte de la medina, aunque para sentirnos en una medina marroquí deberemos dejar la plaza. Cualquiera de las pequeñas calles que se dirigen hacia el este y especialmente las del norte de la plaza (justo donde está la entrada al museo por el que acabamos de pasar) nos meterán de lleno en el zoco, lleno de estrechas calles donde en un aparente caos se venden todo tipo de productos. Y digo aparente porque, como pasa en el resto de Marruecos, hay un orden estricto y los vendedores se agrupan en gremios y se han de poner en un lugar concreto...

Una de las salas del museo Dar Jamaï
Como ya dije más arriba la medina de Meknés tiene el tamaño ideal; no es ni tan minúscula como para salirse en cuanto demos cuatro pasos, ni tan grande como para perderse. Si la medina de Marrakech tiene el color rojo como emblema, y en Fez reinan el gris del cemento, el blanco de la cal y el verde del islam, representado en sus edificios religiosos, en Meknés los edificios suelen tener un color crema anaranjado que es el que preside ya la plaza el Hedime. Tendremos que movernos entre calles así para alcanzar los edificios más destacados de la medina, que son la gran mezquita de Meknés y la madraza o medersa Bou Inania, junto a ella. La primera será casi imperceptible a nuestros ojos, excepto por una trabajada puerta de acceso que, cuando la veamos, no nos dejará indiferente. Como en la mayoría de mezquitas marroquíes tenemos prohibida la entrada los no musulmanes.
Sí podemos entrar a la madraza (escuela coránica) a cambio, y debemos hacerlo, puesto que será el mejor edificio que veremos en Meknés ajeno a Mulay Ismail, y una de las más hermosas escuelas coránicas del país. Esta madraza, del s.XIV, nada tiene que envidiar a sus homólogas de Marrakech y Fez, y por apenas 20 dirhams nos mostrará cómo eran estas escuelas. Aparte de visitar el precioso patio central, y las minúsculas habitaciones de los estudiantes, tenemos la posibilidad de subir a la azotea para disfrutar de las vistas que tendremos del minarete de la gran mezquita y de otros minaretes diseminados por la medina. Escuchar el canto del moecín desde ahí es estremecedor.

Madraza Bou Inania, la joya de Meknés previa a Mulay Ismail
Aparte de para ver el ajetreo diario de Meknés, sin que nadie moleste al turista como pasa en Fez, la medina no tiene muchísimos más edificios de primer orden turístico. Puede ser una buena idea desplazarse a pie hasta su extremo norte, donde se ubica una puerta vistosa (Bab Berdaine), junto a la cual tenemos la mezquita Berdaine, del s. XVIII y protagonista de un derrumbamiento en 2010 que segó la vida de 41 personas (un servidor no ha tenido noticia de esta tragedia hasta que ha empezado a redactar este escrito). El minarete que se cayó hoy está totalmente reconstruido a semejanza del anterior.
Saliendo por la puerta nos encontraremos con un gran cementerio donde, aparte de reinar más las malas hierbas de lo que un occidental está acostumbrado a ver en un camposanto, tiene un mausoleo de un líder religioso importante para el islam, Sidi Ben Aïssa.

LA CIUDAD IMPERIAL


Dejamos la medina para ahora pasar a conocer la ciudad imperial de Meknès. En este conjunto, de grandes dimensiones, en ocasiones puede ser necesario la ayuda de un taxi, especialmente para desplazarse hasta los lugares más lejanos (estanque de Agdal y los graneros y caballerizas que tiene al lado). Hay que regatear el precio antes de usar un taxi porque si bien muchos taxistas llevan taxímetro o piden cantidades justas por el desplazamiento (muy barato para un europeo) también los hay que se pueden aprovechar...

Estanque Agdal
Pero comencemos por la parte más cercana a la medina. Podemos entrar a la ciudad imperial por la famosa Bab El Mansour si está abierta o por otra cercana puerta algo más al este. Nos encontraremos con una inmensa plaza, con puertas decoradas, y calesas pensadas para el turista. En la parte más occidental tenemos una calle por la que podemos llegar a otra gran plaza, presidida por una explanada bajo la que se encuentra una cárcel (prisión de Cara) y el pabellón en el que el sultán recibía a los mandatarios extranjeros: Al Koubat Khayatine. El que estén pegando la cárcel y este pabellón no sé si quiere expresar algo... ambos son visitables por 10 dirhams aunque a mi juicio es una visita prescindible.

Una puerta monumental aunque de firma más moderna que las anteriores, nos acerca de inmediato al mausoleo de Mulay Ismail. Aunque otros mausoleos del estilo están vetados a los no musulmanes, en este caso somos libres de entrar, y además lo haremos gratuitamente. Esto es una buena noticia, ya que es uno de los lugares más destacables de Meknés. El crema anaranjado de Meknés aquí deja paso a un amarillo que comparte protagonismo con los azulejos que presiden todo edificio histórico marroquí. Tras pasar varios patios vacíos llegamos a las salas cubiertas que protagonizan el conjunto. Aquí habrá que descalzarse y conformarse con una de las salas ya que el lugar en el que reposan los restos del sultán es accesible solo a nuestras miradas. Curiosamente, el mausoleo fue construido a principios del s. XVIII por lo que el sultán pudo ver el edificio en el que descansaría su cuerpo una vez muriera décadas antes de fallecer. Se pueden sacar las fotos que queramos en los patios y salas pero está prohibido hacer vídeos. Se requiere vestir de forma correcta para la moralidad musulmana (sin ser necesario el velo para las mujeres).

Detalle del mausoleo de Mulay Ismail
Tras esto, podemos recorrer la ciudad imperial a pie, aunque puede resultar un tanto monótono hacerlo por largas avenidas rodeadas por murallas en las que veremos alguna puerta monumental que, además, en algunos casos no podremos ni fotografiar... se trata del palacio real, que es el mismo que usó Mulay Ismail y que todavía hoy sigue usando el rey de Marruecos cuando visita la ciudad. No obstante, aunque el primero se hiciera llamar "sultán" y ahora se les llame reyes, no dejan de ser de la misma dinastía... como curiosidad, entre las recias murallas podemos encontrar un campo de golf, con unos olivos en los que unos campesinos estaban recogiendo la aceituna cuando yo estuve por allí; o llegar hasta el estanque Agdal, tras unos 20-30 minutos a pie, un lugar de esparcimiento para los habitantes de Meknés, que además, sin querer, descubrimos que es un bonito lugar para disfrutar de una puesta de sol. Este estanque fue mandado construir por Ismail para regar los jardines de la ciudad imperial. Junto a él se encuentra un inmenso edificio medio en ruinas que fue utilizado como granero y caballeriza. El precio de la entrada es popular, como siempre (10 dirhams) pero a mí, personalmente, no me aportó gran cosa su visita.

Como estuvimos dos días completos en la ciudad, y quizá con uno y medio, incluso con solo uno, sea suficiente para disfrutar de los mayores encantos de Meknés, tuvimos tiempo para disfrutar de otros lugares menos turísticos. Disfrutar de una puesta de sol en la parte de la ciudad nueva que está justo tras el río que la separa de la medina fue uno de esos pequeños placeres que uno se puede permitir cuando le sobra tiempo.

Atardecer con vistas a la medina de Meknés

¿DÓNDE DORMIR?


Meknés, como otras ciudades históricas de Marruecos, permite la experiencia de dormir en un riad. Riad significa "jardín" y también designa a las casas tradicionales de las medinas marroquíes, muchas utilizadas hoy para alojar turistas, y que son otro encanto más del país en sí mismo. En este caso nosotros escogimos uno precioso, y pudimos incluso dormir en su habitación más grande y lujosa por un precio que sigue siendo muy competitivo (40€ la noche, habitación doble). La ubicación era excelente, apenas a a 2-3 minutos de la plaza el Hedime, y de Bab el Mansour, en una calle de la medina, fácil de encontrar. Si a eso sumamos la amabilidad de todos sus empleados, no me queda otra más que recomendarlo plenamente. Se llama Riad Hiba.

Para los que prefieran un hotel más occidental, los encontrarán en la ciudad nueva.

COMO LLEGAR


Meknés se encuentra en el eje oeste-este principal del país, que la une con Casablanca y Rabat al oeste, y con Fez (solo 30-40 minutos de tren), Taza y Oujda al este. Ese eje es el que siguen tanto la autopista como la vía de tren. Por el norte, desde Meknés se llega en tren a Tánger.

Nuestra habitación del Riad Hiba

domingo, 6 de mayo de 2012

Viaje a la India, día 6-2: Khuri, y cómo "chocarse" contra un árbol en el desierto


Puesta de sol en Khuri, en medio del desierto del Thar
A las 3 salimos hacia Khuri. Le pregunté a Noor por qué no íbamos a Sam, el sitio más típico para dar un paseo por las dunas del desierto, y me dijo que Khuri estaba menos masificado y no tenía nada que envidiarle. Viendo fotos de internet parece que Sam tiene más y mejores dunas aunque desde luego que Khuri, según nuestro libro, era un lugar mucho más tranquilo.

Por el camino vimos una de las imágenes típicas de este país, un autobús lleno con gente viajando incluso sobre el techo. Nos encontraríamos alguno más, y de hecho prácticamente todo los autobuses estaban preparados para tal efecto, con barras en el techo que sirven para que los viajeros se agarren, y con una escalera en la parte posterior. En esta ocasión hasta la escalera estaba ocupada...

Bus con viajeros sobre el techo, yendo de Jaisalmer a Khuri
Llegamos al pueblo, y había que pagar un peaje por entrar a él. El dueño del "complejo camellero" nos recibió y nos invitó a un té, mientras nos contaba lo que íbamos a hacer. Aproveché la espera para sacar alguna foto a la singular arquitectura rural del pueblo, con unas modestas casas con tejados de pajas secas que me recordaban a las pallozas de los Ancares. Los que quisieran podían dormir en ellas, o incluso en el desierto, con tumbonas y mantas, pero nosotros decidimos dormir de nuevo en Jaisalmer, y creo que fue un acierto (por lo que viene siendo el frío).

Al montar en el camello asusta la violencia con la que el animal se pone de pie. Recomiendan tumbarse sobre él para que el impulso no te asuste, porque puede parecer que vas a salir volando... una vez arriba, yo iba cómodo aunque Steffi se quejaba de que le dolía el culo :P

Mi camello bebe agua junto a las ramas resecas que me harían pasar 5 segundos horribles...
A medio camino entre el pueblo y la duna, los camelleros pararon junto a un pozo para dar agua a los camellos. Era nuestro 3er día en el desierto del Thar y yo no paraba de flipar con él... ya no solo estaba lleno de árboles, ¡¡sino que también tenía pozos!! Mi camellero soltó la rienda con la que guiaba y marcaba el ritmo a mi camello y me hizo un gesto que no entendí, porque apenas hablaba 4 palabras de inglés. Mi camello agachó el cuello para beber y cuando estaba acabando de beber el de Steffi, se echó a andar, solo, sin control. Yo me acojoné porque no sabía cómo reaccionar. Oí una carcajada de Steffi, que rápidamente se silenció cuando me vio pasarlo mal... y es que estaba junto a un árbol de ramas resecas y afiladas y el camello caminó hacia ellas. Por su altura, las ramas no molestaban al animal, pero sí a mí, que tuve que tumbarme y quitármelas como pude de la cara y del tronco, procurando al mismo tiempo no caerme del camello... por la altura a la que iba sentado una mala caída podría ser fatal, y con los medios sanitarios que me imagino que habría en ese país... fueron 5 segundos horribles en los que tuve tiempo de pensar en todo eso, pero por suerte el camello salió de entre las ramas y decidió no seguir andando. El camellero, con más pánico que yo, me preguntó que si estaba bien, y me pidió disculpas. Con el miedo en el cuerpo hice balance: una herida en la palma de la mano derecha y otra bajo la axila izquierda, de una rama que no pude apartar con las manos. La rama de la segunda herida me rompió también la camiseta. Pero no fue más. Todo quedó en un susto.

Mujeres con coloridos saris llevan provisiones sobre la cabeza
Seguimos el paseo, viendo curiosas escenas del Rajastán rural y profundo en el que estábamos, como mujeres con bellos saris llevando vasijas sobre la cabeza. Según íbamos avanzando los árboles dieron paso a los arbustos y finalmente en la duna ya no se distinguía ningún tipo de vegetación. Durante todo el trayecto los camellos no pararon de cagar (Steffi, que iba siempre la segunda, iba viendo las heces de mi camello) y de eructar tal y como lo habíamos visto en Bikaner, echando una extraña bolsa fuera de la boca y haciendo un ruido monstruoso. Steffi no paraba de reír cuando esto ocurría... aunque la vez que más se rió fue cuando oyó un eructo y ella soltó una pequeña carcajada, a lo que yo contesté: "Esta vez no ha sido el camello, ha sido el señor". Las posteriores risas fueron de campeonato.

El pueblo quedaba cerca y se veía, no nos sentimos en medio de la nada más absoluta como debe ocurrir en los paseos por el Sáhara o incluso quizá en el cercano Sam, pero disfrutamos al máximo de la experiencia. Total, al Sáhara pienso ir igualmente... en la duna no estábamos solos, otros grupos de personas comenzaron a llegar, e incluso había gente tocando música y un puesto ambulante que vendía snacks y bebidas, incluida cerveza. Por suerte la temperatura era perfecta, y como quedaba tiempo para que el sol cayera, nos pusimos a hacer fotos y a disfrutar del ambiente. Por el tamaño de la duna se podía elegir entre aislarse de la gente y disfrutar del lugar a solas, o estar con otras personas. Dos grupos de simpáticas adolescentes de la vecina región de Gujarat, que disfrutaban de sus vacaciones de fin de curso, se hicieron fotos con nosotros. También tuve tiempo de ser engañado por un músico con el que bailé, y que al darle la propina por tocar, se llevó más del doble de lo que había acordado darle diciendo que no tenía cambio... me sentó mal el engaño, pensé en ponerme violento con él, pero se me pasó pronto... llevarse mal rato por 40 rupias (0,70€) no merecía la pena. También tuvimos tiempo de dar 50 rupias a un chaval sin brazos que andaba mendigando en ese lugar. Al pobre tuve que meterle el billete en el bolsillo... verle me hizo pensar en lo indefensos que podemos ser los seres humanos sin brazos. Da pena ver gente así :(

Dunas doradas de Khuri, con turistas que suben a ver la puesta de sol
El sol cayó y sus tonos anaranjados nos permitieron hacer fotos preciosas, inolvidables. En la India aprendimos a valorar cada puesta de sol, porque fueron muchas las que vimos desde sitios espectaculares, y ese día teníamos un ejemplo. Cuando el astro rey se ocultó bajamos de la duna al pueblo, sin contratiempos. Al bajar de los camellos dimos 100 rupias (1,5€) de propina a cada camellero, a lo que el mío contestó con una gran mirada de sorpresa. Le pregunté que si era poco y me dijó rápidamente que no. Luego entendí que era todo lo contrario, un montón, porque esos paseos en camello valen unas 150 rps. por persona y encima después del accidente lo que menos se esperaba aquel hombre era encontrarse una propina generosa. Creí que después de 3 horas con nosotros (pasamos hora y media en la duna) 100 rupias no eran muchas, pero ya veis...

Nos habían dado la opción de cenar allí o de volver a Jaisalmer y hacerlo en la ciudad, y elegimos la primera opción. Previamente nos dieron un espectáculo musical, dado por un grupo de músicos que parecían una misma familia, sentados todos en una alfombra sobre el suelo, y dividido en dos partes: la primera era una música cantada por los artistas que me recordó al flamenco español, por el sentimiento que echaba el cantante. La segunda, también cantada, estaba protagonizada por dos hermanas adolescentes, con unos bonitos trajes llenos de lentejuelas, que bailaban de una manera que no se parecía a nada que hubiera visto antes. La mayor de las dos hermanas, que era la que mejor bailaba, hizo unos ejercicios de equilibrio espectaculares, llevando sin caerse hasta 6 vasijas, una encima de otra, sobre la cabeza, subiendo al mismo tiempo a estrechos objetos que le colocaban en el suelo o tumbándose a coger un billete del suelo con la boca... junto con Noor, que por una vez comió con nosotros, y un grupo de canadienses que iban a dormir allí, vimos todo aquello. Al final nos pidieron participar a nosotros también, y bailamos con las chicas, y como es normal hicimos el ridículo. Como era noche cerrada, las fotos que hicimos son más bien malas.

Bostezos simultáneos de nuestros camellos
La comida fue de buffet libre, con 5-6 platos a elegir, de cosas que ni acerté a saber lo que eran, a pesar de llevar ya casi una semana allí. El dueño del complejo se sentó con nosotros, nos preguntó que qué tal (le conté lo del accidente pero le pedí que no echara la bronca a mi camellero, porque no sé hasta qué punto fue culpa suya) y nos explicó el por qué de los "eructos con estómago fuera" de los camellos, lo cual nos hizo reír mucho a los cuatro... parece que es un arma de cortejo que usan los machos y justamente nos habían dado dos machos para hacer el paseo, y cuando uno eructaba el otro se picaba y lo hacía también... ¡INCREDIBLE INDIA!

Pagamos la cena, una propina a los músicos y nos volvimos a Jaisalmer. Fue nuestro único viaje nocturno en coche (no era nada recomendable porque hay gente que viaja sin apenas luces), pero a pesar de algún tuerto o algún coche con poca luz no pasamos miedo debido a que no había casi nadie en esa mini-carretera. Por el camino vi varias luces rojas que supuse que eran torres de control militares, y es que desde antes de llegar a Jaisalmer vimos mayor densidad de militares en la zona, por su cercanía al vecino Pakistán, enemigo de la India. En Khuri estuvimos apenas a 30 kilómetros de la frontera con Pakistán, y pensarlo me causó una sensación a medio camino entre estimulante y de miedo. Tampoco había que temer, en esa zona el desierto era una frontera natural excelente y Pakistán y la India están de acuerdo con las fronteras trazadas, no como sucede en la norteña Cachemira, donde 60 años después, sigue habiendo tensión y no hay acuerdo en absoluto sobre a quién pertenece esa región del Himalaya...

Llegamos al hotel cuando Jaisalmer ya dormía, e hicimos lo propio.