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lunes, 11 de marzo de 2013

Viaje a la India, día 15 y 16-1: Jaipur y Galta, rodeados de monos



Patio principal del palacio de la ciudad de Jaipur
Con Steffi medio pachucha, nuestro día 15 fue el más limitado de toda nuestra estancia, y solamente vimos lo poco imprescindible que nos faltaba en Jaipur.

Empezamos por el templo de Birla. Este templo, grande, todo hecho de mármol blanco, sin embargo era muy moderno y no nos entusiasmó demasiado. No se podían sacar fotos ni en la plataforma que lo rodea, y nos llamaron la atención por hacerlo, ya que tras ver al menos 10 indios fotografiando pensamos que era una de estas "prohibiciones de mentiras".

Templo de Birla, todo de mármol pero demasiado moderno para mi gusto
Más interesante resultó ser el palacio de la ciudad, que contaba con salas y patios notables, como un patio con cuatro magníficas puertas, la más famosa dedicada al pavo real, que parece que es el animal-símbolo de la India (más que los elefantes). El asedio al turista se manifestó en forma de guardias que no pararon de ofrecerse para hacernos fotos, naturalmente a cambio de propina, y ese día no teníamos el humor para eso. Ir al baño me costó una mirada asesina, a la que ya me iba acostumbrando, cuando tras ver que ningún indio dejaba propina a su responsable de limpieza (ni él se la pidió), yo tampoco lo hice... ya me iba cansando de esa discriminación étnica hacia los que no éramos de allí.

Una de las puertas del palacio de la ciudad, dedicada al pavo real
Aprovechando la buena situación del sol volvimos al Hawa Mahal para sacarle unas fotos en mejores condiciones que dos días antes.

Tras esto fuimos a Gaitor. Este lugar, que no tiene nada que ver con los homosexuales (:P), está a las afueras de Jaipur, y es un conjunto más de cenotafios al estilo de los que habíamos visto antes en Bikaner o Jaisalmer. El conjunto, como en otras ocasiones, era impresionante, aunque después de haber visto otros ya no te llama tanto la atención como la primera vez. A la entrada nos cruzamos con un insistente guía que no paró de ofrecernos sus servicios, a lo que me negué, no ya porque prefiero ver las cosas a mi aire cuando es posible, sino principalmente porque tenía a mi novia medio enferma y preferíamos ver el lugar sin prisa pero sin pausa y marcharnos al hotel. El hombre nos agobió durante cerca de un minuto, usando todas sus dotes para hacerte creer que te tiene que dar un servicio que tú sabes que no necesitas; eso es algo para lo que los indios tienen una capacidad innata, pero yo también sé decir que no, aunque bajara el precio a la mitad (50 rupias = 0,8€).

De vuelta al hotel, pidiendo para comer, tuve otra de esas conversaciones surrealistas que hacen que ir a la India merezca la pena. Quería pedir la misma pizza que pedí el día anterior, pero a ser posible menos picante, sabor que en ocasiones se consigue con chile o tabasco totalmente prescindible para mí:
- Yo: Quiero una pizza vegetariana suprema, que no pique, por favor.
- Camarero: Solo pica un poquito (el poquito de los indios puede hacerte sudar en según qué sitios, por si no ha quedado claro)
- Y: Sí, lo sé, la comí ayer. Pero hoy la quiero "no picante".
- C: Pica un poquito.
- Y: ¿No podéis hacer algo para evitar que pique ese poquito? Quitarle ese sabor picante que le dé algún ingrediente...
- C: Solo pica un poquito. Señor, una pizza sin sabor (para ellos que no pique es "sin sabor") no es posible.

Así que me la trajo igual que el día anterior... deliciosa pero picante, ¡paciencia!

Gaitor, impresionantes cenotafios a las afueras de Jaipur
Tras una tarde sin nada reseñable en el hotel, Steffi convaleciente de su malestar y yo leyendo, cenamos en el hotel. La cena fue extraña, porque aunque Ashok y su mujer no estaban y nos dejaron elegir el restaurante en el que hacerla, el menú estaba prefijado y no lo pudimos cambiar. Eran unos thalis, que podían ser vegetarianos, de pollo o cordero, que picaban bastante, que yo comí como pude y que Steffi ni tocó dado su malestar digestivo.

El día 16, cuyo primer episodio meto en esta entrada por lo corto del 15 y porque fue en Galta, que está pegando a Jaipur, amaneció mejor ya que Steffi se encontraba mejor de su tripa y tuvimos la suerte de poder hacer prácticamente vida normal. Quizá fuera la ilusión de saber que esa misma noche íbamos a dormir en Agra y que quizá viéramos el Taj Mahal ese mismo día, como finalmente ocurrió.

Gaitor, cenotafios a las afueras de Jaipur. Nótese el detalle de las murallas que bajan de uno de los fuertes hasta el lugar en el que estamos
Fuimos a Galta, que la Lonely Planet ubica a 3 kms. de Jaipur, y que si realmente está a esa distancia debe ser contando la última casa del vecino más alejado del centro de la ciudad rosa, porque desde nuestro hotel hicimos por lo menos 12 kms. y necesitamos 40 minutos por lo menos. Entiendo por qué recomiendan verlo en la ida hacia Agra, porque verlo durmiendo en Jaipur es un coñazo por lo lento que es salir de Jaipur y yendo a Agra pilla de paso.

Como siempre, en la entrada algunas personas nos dieron guerra para entrar a un sitio u otro, o para dejar los zapatos cuya recuperación conllevaría la ya conocida propina. No les hicimos ni caso, lo que queríamos ver no necesitaba que nos quitáramos los zapatos. En la guía avisaban de los agobios o incluso tocamientos que los turistas (especialmente mujeres) habían afirmado haber sentido en Galta, pero nosotros, quizá por estar a primera hora de la mañana, no fuimos en absoluto molestados una vez pasada la primera puerta del templo.

Galta, edificio más llamativo del conjunto, en un desfiladero
La vista más famosa de Galta es un pequeño templo en un igualmente pequeño desfiladero. Esa unión de naturaleza y templo indio me gustó mucho. Se anunciaba la existencia de monos y no vimos hasta llegar a la parte más alta del templo más famoso del lugar, pero una vez allí estábamos rodeados, lo cual puede impresionar al que desconfíe de unos animales que, en ocasiones, se dice que pueden llegar a ser violentos. No fue el caso, quizá también influenciados por unas horas a las que todavía estaban bostezando.

Primates en Galta, algo clásico en las escaleras que llevan a la parte alta de este templo
El lugar fue interesante, con la gente haciendo su vida diaria, sus baños en el ghat, ajenos (hasta cierto punto) a nuestra presencia, probablemente la única extranjera en aquel momento.

Y tras esto pusimos rumbo a Agra, parando en Fatehpur Sikri, pero eso será cosa de la siguiente entrada.

Galta, escena cotidiana en uno de los templos de la entrada

sábado, 16 de febrero de 2013

Viaje a la India, día 14: Amber y Jaipur, subiendo al castillo en elefante

En nuestro maravilloso hotel en Jaipur el desayuno no desmereció, siendo uno de los mejores de toda nuestra estancia: buffet libre con comida india y comida más internacional, en un bonito comedor.

Autovía del paquidermo, subiendo al fuerte de Amber... al menos estos vehículos no tenían claxon, aunque a cambio defecaban :)
A las 9 conocimos a Datar, nuestro nuevo chófer, cuyo inglés algo más pobre y algo menos de sentido del humor nos haría echar de menos a Noor... no obstante, fue tan atento, amable y servicial como él. No habló de religión con nosotros, pero una figura de un elefante con 4 brazos en el salpicadero del coche nos dejó claro que era hindú :)

Nos vamos a Amber (también escrito como "Amer", que es como realmente se pronuncia), a 11 kilómetros de Jaipur. Esta ciudad, hoy totalmente eclipsada a nivel poblacional por Jaipur, fue históricamente la capital del territorio de su marajá hasta que una paz duradera llevará al marajá Sawai Jai Singh a fundar su nueva capital en 1727 en el llano, a la que dio su nombre ("ciudad de Jai"). El hecho de que Jaipur sea tan moderna explica el extraño orden del centro de la ciudad, trazado con escuadra y cartabón y con calles sorprendentemente anchas. Amber, a pesar de haber perdido la condición de capital hace casi tres siglos, sin embargo conserva aún un espectacular fuerte de finales del s. XVI, que es una de las citas imprescindibles que todo visitante a Jaipur debe conocer. Situado en lo alto de una colina junto a un pequeño estanque artificial (de los que hay muchos en esta parte del estado, menos desértica), también es famoso por la "guirada" que uno puede hacer para subir hasta él, que es hacerlo a lomos de un elefante. En el pack que cogimos con la agencia este obsequio venía incluido, así que disfrutamos de él.

Vista desde el Albert Hall, de una calle de Jaipur, con una puerta de la muralla y uno de los fuertes que rodean la ciudad al fondo
Como sitio muy turístico, los vendedores de todo tipo de "movidas" nos asaltaron casi antes de poder bajarnos del coche, algo ciertamente agobiante. Noor nos dio 1000 rupias, ya que el viaje costaba 900 (14€ aproximadamente), y nos montamos en el elefante que nos tocó tras unos 5 minutos de cola. Casualidades de la vida, el "chófer" del elefante no tenía cambio (¡qué raro!), y con una sonrisa de 50% de aprovechado y 50% de encantador sugirió que esas 100 rupias (1,5€) fueran su propina... me pareció un jeta pero todo indicaba que habría que dar mucha guerra para que aceptara una propina menor, y al final cedimos.

Subimos al fuerte por una improvisada autovía de paquidermos, donde el nuestro era claramente el más lento de todos... de lo malo malo, pagando lo mismo pasamos más tiempo sobre el animal :) El acoso al turista continuó, con un fotógrafo profesional pidiendo que sonriéramos para hacernos fotos (que luego vendería a un precio elevado) o con otro chófer que nos pidió que le dejáramos la cámara, nos hizo 3 fotos en apenas 10 segundos y luego protestó porque le diéramos solo 10 rupias de propina (15 céntimos). Paciencia...

Puerta principal de entrada al fuerte de Amber
Llegados a la entrada del fuerte, la gran cantidad de turistas ya se empieza a justificar con un conjunto de arquerías característicamente indias y una puerta principal tan trabajada como impresionantemente hermosa. Ya en el interior, el lugar es espectacular, siendo el fuerte más bonito de todos los rajastaníes a mi juicio junto con el de Bikaner. Un par de patios, uno presidido por unos parterres y un estanque con forma de asterisco y otro por otro conjunto de arcos lobulados indios, comunican las diferentes estancias, aunque este fuerte es muy "exterior", algo que se debe a la ausencia de frío en todo el año (en pleno invierno, a principios de febrero, pudimos estar en manga corta todos los días que pasamos en Jaipur, con 25ºC de temperatura máxima todos los días), en esta especie de "Alhambra" a la India. Me llamó la atención que las paredes de uno de los patios estuvieran decoradas con pequeños espejos que brillaban con la luz, un elemento que quizá sea de influencia mogola, porque se repetiría en el fuerte de Agra posteriormente.

Incrustaciones brillantes, con espejos, de una de las paredes del fuerte de Amber, en la sala de la victoria (Jai Mandir)

Bajamos del fuerte, ya a pie, y tras unas fotos con el estanque y el aspecto exterior del fuerte de Amber, nos vamos a otro fuerte, el de los Tigres, cuya entrada teníamos ya pagada en el pack que compramos el día anterior. Este fuerte, también muy exterior, tenía alguna sala bonita, pero era mucho más modesto que el anterior. Lo que más nos impresionó quizá fueron las vistas sobre Jaipur, ya que se encontraba totalmente encima de la ciudad y eso provocaba que las vistas abarcaran toda la ciudad, hasta donde su contaminado aire nos dejaba ver, una experiencia parecida a la de Jodhpur desde el fuerte de Mehrangarh.

De regreso a Jaipur, pasamos y paramos en otro pequeño pantano, en el que, como pasara en Udaipur, alguien ha tenido la idea de construir un palacio en medio del agua. En Occidente, jamás habría imaginado que a alguien se le ocurriera hacer un palacio en medio de un pantano, con sus pilares permanentemente mojados (salvo sequía), pero aquí ya iban dos.

Palacio del lago de Jaipur, que parece tener hasta su propio jardín

Bajados a Jaipur, volvemos al caos de su tráfico infernal. Como había tiempo antes de comer fuimos al Jantar Mantar, el conjunto de aparatos astronómicos, perfectamente conservado, que ha llevado a Jaipur a la lista de lugares "patrimonio de la humanidad". Este conjunto, el mejor conservado de todos los que Jai Singh ordenó construir para interactuar con los astros en el siglo XVIII, es todavía hoy utilizable. Nosotros, no muy interesados en los detalles de su funcionamiento, no nos enteramos de cómo se usaban algunos aparatos, por lo que aconsejo recurrir a algún guía de los que asaltan a los visitantes en caso de tener especial interés en el conjunto, que impresiona hasta a los más profanos.

Uno de los edificios del observatorio astronómico (Jantar Mantar), en este caso destinado a medir la hora del día con su sombra
A la hora de comer, con ganas de escaparnos por una vez de la sabrosa pero agotadora comida india, caímos en la tentación de ir a un McDonald's, y hasta hacer esto es una aventura en este país. La frase que había oído que dice que "ir a un McDonald's es igual en todas partes y es una forma de garantizarse de que comerás lo mismo en cualquier sitio del mundo" es falsa en la India, por motivos evidentes o no tanto.

En un país donde las vacas son sagradas la carne de ternera está prohibida también en este restaurante, y como sabréis normalmente es uno de los pilares de su menú. Pero es que con un 12% de musulmanes, una minoría pujante, la carne de cerdo tampoco puede sustituir a la de ternera, y como parece que el cordero no es del agrado del "Mac", las únicas hamburguesas de carne que había eran de pollo. Además, aunque todo estaba en inglés (no como en Rusia, donde hasta el nombre de restaurante está escrito en alfabeto cirílico), los nombres de las hamburguesas no tienen nada que ver con el resto del mundo, porque por motivos de marketing, por ejemplo, no hay Big Mac sino Chicken Mac Maharaja ("marajá" en inglés). Las hamburguesas se distinguían entre picantes y no picantes, y había incluso alguna vegetariana. Y como en otros lugares, pedir una etiquetada como "no picante" provocó que casi no la pudiéramos acabar de lo que picaba... ¡no quiero ni pensar como deben picar las picantes! Por terminar con las curiosidades de un McDonald's, decir que allí parece ser norma tener a un empleado solamente para abrir y cerrar la puerta a los clientes del restaurante, que según nos contaron después está considerado casi como "pijo" entre la juventud india (más moderna y "guapa" en el restaurante que la media que se veía por la calle).

Albert Hall, edificio colonial usado como museo estatal de Rajastán, el más antiguo del estado

Tras esto, todavía tuvimos tiempo de ir al Albert Hall. Este moderno edificio, bastante grande, se encuentra en una zona abierta, con parques y zonas verdes junto a él, y aunque rodeado de calles con tráfico rodado, algo más libre del caos que reina en las calles más céntricas de Jaipur. De claro estilo rajastaní, deja ver en su interior su condición colonial con pinturas que muestran culturas de todo el mundo, y es que se inauguró en 1876 por el príncipe británico Eduardo VII. Es el museo más antiguo de Rajastán y tiene interesantes objetos en su interior como alfombras, cerámicas o grabados, en su mayoría indios aunque en ocasiones de otros lugares.

Cenamos ya en nuestro hotel, en la que creíamos que iba a ser la cena con los dueños de la agencia con la que estábamos viajando, que viven en la ciudad rosa. Estaba previsto que ellos invitaran pero estaban de "tour" en otra ciudad y no les íbamos a conocer en persona, así que a esa cena invitarían ellos, como hacen con todos los clientes incluso aunque no se pueda hacer la cena juntos... pero aunque nos dejaron elegir el restaurante el menú estaba prefijado y como no avisamos con anterioridad en el restaurante y pedimos otra cosa, tuvimos que pagar lo que habíamos pedido y quedamos en hacer esa cena gratis al día siguiente... me pareció raro el que Ashok nos dejará elegir restaurante pero no el menú, pero a caballo regalado no le mires el diente... ¡a dormir!

Ejemplo de obra de arte india que se puede ver en el Albert Hall

martes, 5 de febrero de 2013

Viaje a la India, día 13: Pushkar -> Jaipur: el anciano que casi me hizo llorar

PUSHKAR


Aquel día nos costó un poco levantarnos, el hotel había sido el peor hasta la fecha y yo noté que había descansado peor.
Templo de Vishnú, en Pushkar

Desayunamos en la azotea del hotel, algo fría, un té y una crêpe vegetariana, como todo en Pushkar. Es decir, sin huevos, con plátano y nutella de relleno. Todavía me estoy preguntando cómo se puede quitar a una crêpe o pancake uno de sus tres ingredientes básicos y que sea comestible (los otros dos son harina y leche), pero aunque el sabor no era el mismo estaba aceptable. Fue un desayuno escaso pero rico.

Nos fuimos a conocer la ciudad de día, cosa que apenas habíamos hecho el día anterior. A pesar de sus solo 15.000 habitantes, Pushkar concentra numerosísimos templos para su tamaño, y vimos algunos: el Singhji (o algo así, que no he conseguido encontrar por internet) y el de Vishnu. En ambos no nos dejaron entrar a los edificios pero bueno, tampoco pasó nada... sacamos 4 fotos y seguimos.

El templo más famoso de Pushkar es uno dedicado a Brahma, uno de los dioses hindúes más importantes, al que sin embargo apenas hay templos dedicados. Según la mitología hindú, Brahma quería hacer una mortificación en el lago de Pushkar y como su esposa Savitri no acudió, se casó con otra mujer... Savitri se lo reprochó y le dijo que jamás sería venerado en otro lugar, de ahí que este templo sea tan especial y único para los hindúes. Para los ojos de un occidental el templo es distinto por el característico color rojo y sobre todo azul que tiene, pero por lo demás lo encontré similar a otros muchos  que habíamos visto anteriormente, en lo alto de unas escaleras. El guardazapatos me pareció especialmente aprovechado, exigiendo 40 rupias (0,6€) en lugar de las 10 normales, por guardar nuestro calzado, cámara de fotos, etc. en su taquilla. No me moló la idea de darle tantas cosas (resumiendo, como nos dijo él: "todo menos dinero y pasaporte") a ese señor aunque me tranquilizó el que me dijera que yo guardaría la llave de la taquilla... las 40 rupias no sabía si eran por persona o por ambos, y finalmente fue la segunda opción... la verdad es que aunque esos cambios de precio me repatearan, traducido a euros es algo insignificante.

Volvimos al lago de Pushkar. Tuvimos que sortear un santón vendiendo flores, y cuando nadie nos miraba nos guardamos el calzado en la mochila y accedimos (lo prefería a dejarlo allí tirado, al alcance de cualquiera). Aquel día sí había gente bañándose y mucha otra alrededor. El sol, colocado en el extremo opuesto a la tarde anterior, daba un brillo magnífico para estar en invierno a los edificios junto a los ghats, blancos, y quedaba precioso. No sacamos fotos por respeto a la gente que se encontraba allí, pero disfrutamos enormemente ante esas escenas tan coloquiales allí como extraordinarias para nosotros. Me llamó la atención que hubiera personas que se bañaran con el torso desnudo, incluida una mujer... tanto conservadurismo religioso, tanto machismo que puede justificar una violación (como ha pasado recientemente en Delhi) con cualquier supuesta provocación no casa con aquella mujer bañándose despreocupada en topless en un sitio sagrado...

Otro templo de Pushkar

HACIA JAIPUR


Exceptuando unos pocos kilómetros hasta un poco más allá de Ajmer, el viaje fue por una reciente autovía de 3 carriles por sentido, que forma parte de la vía que une Delhi con Jaipur, Udaipur y Bombay. Pero hasta en esa moderna autovía te sientes muy lejos de Europa, aunque fuera recta y sin apenas desniveles. Porque por ejemplo en ocasiones tenía pasos de cebra (¡¡!!), y porque no es difícil ver alguna moto yendo en sentido contrario al de la calzada, solo para ahorrarse unos metros (eso sí, tienen el detallazo de hacerlo por el arcén).

JAIPUR


Llegamos prontísimo a Jaipur, y Noor nos anunció la triste noticia de que había hablado con su jefe y que sería su último día con nosotros porque va a empezar otro viaje con un grupo que llegaría al día siguiente a Delhi. No recibimos ninguna explicación más, ni de Noor ni de Ashok, y esto fue quizá lo único que podría reprochar a la agencia de mi experiencia allí. Entre Noor y nosotros se había creado un vínculo importante, hacíamos bromas, nos pasamos todo el día riendo y sinceramente me daba rabia decirle adiós antes de tiempo, de esa manera tan "fea".

Terraza del restaurante de nuestro hotel, el Umaid Bhawan de Jaipur
Llegamos a nuestro hotel en Jaipur, y resultó ser maravilloso. Atrás quedaba la noche en el mediocre hotel de Pushkar, aquello era un lujazo: una habitación enorme, preciosa, una piscina que no íbamos a utilizar, una terraza encantadora y genialmente decorada, un restaurante excelente... si algún día vais a Jaipur, os recomiendo el "Umaid Bhawan", que además tampoco parece ser muy caro (no sabemos lo que pagaron por nosotros, pero la Lonely Planet dice que vale entre 1600 y 2400 rupias; 23-38€ la habitación doble, al cambio).

Quedamos a las 15 horas con Noor por última vez, solo dos horas después de contarnos aquello. Nos llevó al centro de la ciudad y le dijimos que no viniera a buscarnos, que disfrutara de su familia (él vivía allí) durante la tarde y que volveríamos solos. Nos dio alguna recomendación y con tristeza y una foto final nos dijimos adiós.

Hawa Mahal, o "palacio de los vientos", el edificio más fotografiado de Jaipur. En la imagen se ve un "tuk-tuk" bici, como el que cogeríamos después
Visitamos el Hawa Mahal (que significa "palacio de los vientos"), que data de 1799. El edificio más famoso de Jaipur ofrece su mayor encanto de forma gratuita, en la fachada exterior, fotografiada un millón de veces, con su color rosa, sus cinco plantas acabadas triangularmente y sus rejillas por las que las mujeres de la familia real de turno podían ver los desfiles y la vida exterior de la ciudad sin ser vistas. Pero verlo por dentro también merece la pena, y no es nada caro. Cogimos un pack que incluía otros 4 edificios (Albert Hall, fuerte de Amer, fuerte de los tigres y Jantar Mantar, el observatorio astrológico) y en conjunto la visita a todos no llegaba a los 5€ por persona. Llama la atención que el palacio de los vientos no sea rosa por dentro, y se debe a que la obligación de hacer los edificios rosas (lo que ha llevado a denominar a Jaipur la "ciudad rosa") se limita a la fachada exterior. Visitar el edificio por dentro es una experiencia genial.

Pero volvemos a la India real al salir. Jaipur, con sus 3.000.000 personas, fue la ciudad más grande de nuestro viaje solamente tras Delhi, la capital. Su centro se hizo de forma racional, a finales del s. XVIII, como una cuadrícula de calles anchas que se cortan de forma ortogonal. Salvando las distancias, es algo así como el "Eixample" o ensanche de Barcelona, con la salvedad de que en Jaipur el tráfico es infernal, se mezclan coches con bicis, con vendedores ambulantes que van a pie, con motos... y encima la calle del palacio de los vientos estaba en obras. Intentar hacerse una foto frente a la fachada exterior de este precioso edificio significa tener que soportar a los vendedores más insistentes que quizá se cruzaron en nuestro camino en la India. Que si entra a mi tienda, que si la vista es mejor desde el primer piso de mi tienda, que si lo que tengo te interesa...

Hawa Mahal o "palacio de los vientos", en su parte interior. Ya sin color rosa, es igualmente espectacular
Tras esto, siendo aún de día, empezamos a tirar hacia el hotel. Primero atravesando las calles principales del centro de la ciudad, con aceras llenas de todo tipo de cachibaches y de gente, debido a que todo el centro es como un mercado gigante en el que cada calle es para un gremio distinto de vendedores. Pasadas las murallas, las aceras desaparecen, pero el tráfico sigue siendo igual de denso y ruidoso, y las distancias no son tan cortas como puede parecer en el mapa, al menos comparándolo con las ciudades que habíamos visto antes.
Después de 12 días en la India, y gracias a Noor y a que habíamos visitado a fondo solamente ciudades pequeñas (Jodhpur, con 700.000 habitantes, había sido la mayor antes de llegar a Jaipur), todavía no habíamos cogido ningún tuk-tuk. Y aunque les había cogido un poco de manía por lo pesados que son sus conductores, la verdad es que tampoco nos había hecho falta. Pero llegado un punto, con un mapa poco preciso como única herramienta para llegar al hotel y agotados tras media hora andando junto al caótico tráfico, nos decidimos a coger un tuk-tuk. Sabía que estábamos cerca y no aceptaría un precio superior a 50 rupias (0,75€), y menos aún cuando vi que solo había bike tuk-tuks en el cruce de calles al que íbamos (es decir, sin motor, una bici con 3 ruedas en la que la parte trasera es un asiento para dos pasajeros; naturalmente son más baratos que los motorizados).

Nos acercamos al primer hombre, que no aceptó nuestras 50 rupias diciendo que había 5 kms. hasta nuestro hotel... ante semejante mentira me enfadé y no volví a escuchar sus réplicas diciendo que sí que aceptaba; empezaba a estar cansado de que me tomaran por idiota por tener la piel más pálida que ellos. Crucé la calle y preguntamos a un anciano, que no debió entender mi propuesta porque se ofreció a llevarnos por 20. Por supuesto acepté, le pregunté si tenía cambio antes de montar y me dijo que no (ésta es otra estrategia de allí, decir que no tienen cambio después de haberte dado el servicio para que por pena aceptes que se queden las vueltas), y conseguí en un puesto de fruta que me cambiaran el billete. Así que montamos y la India me dio una lección.

Muralla (naturalmente rosa) de Jaipur
Tras la primera pedalada de aquel señor, que por su aspecto en España llevaría años jubilado, se me encogió el corazón. La experiencia fue magnífica, sin casi tráfico, sin soportar apenas ruidos ni contaminando más aun Jaipur, aquel anciano de metro y medio nos enseñó cómo estaba en forma aún y movía no sin dificultades nuestros 150 kilos de peso. El viaje fue corto, pero al bajarme, yo que soy de poco llorar, estaba a punto de hacerlo... le di las gracias repetidas veces (nos sacó de un aprieto) y le di las 20 rupias acordadas y otras 30 hasta llegar a las 50 que estaba dispuesto a pagar. Le pedí hacerme una foto con él sobre la bici tuk-tuk (pensando que quizá fuera la única que iba a coger...), algo que aceptó sonriente, y luego le dije que en él se podía confiar y me respondió con otra sonrisa hasta un poco emocionado. En el país donde la picardía es norma y casi exigencia si se desea sobrevivir, queda gente noble que te toca el corazón.

Ya en nuestro precioso hotel, ducharse vuelve a ser una experiencia. En este caso no se mantiene solo el botón que regula por dónde sale el agua (si por el grifo o por el "teléfono" de la ducha), por lo que se necesita una mano que lo sujete para que salga por el teléfono... tras ayudarnos el uno al otro y el otro al uno, cenamos y a dormir.